sábado, 9 de mayo de 2015

Tajinaste: Maravilla que conecta con el universo

Mayo es el mes durante el que florecen los tajinastes en Las Cañadas del Teide. Su forma y colorido no deja de asombrar año tras año a los miles de visitantes que recorren este Parque Nacional declarado Patrimonio de la Humanidad en 2007.

Sin entrar en detalles botánicos, los ejemplares de esta variedad de echium, endémica de Tenerife, constituyen uno de los mejores espectáculos de la naturaleza que pueden ser apreciados en nuestro planeta, tanto de manera individual, como formando pequeños grupos, que aumentan año tras año y colonizan las tierras volcánicas más próximas, sobre las que la imaginación tiende a cubrir ya con un manto de nuevas flores, que surgirán de las jóvenes plantas, cuyas primeras hojas aterciopeladas ya han comenzado a emerger entre las rocas, pero que esperarán a la próxima primavera para alzarse hacia el cielo.

Los tajinastes han sido y son una fuente de inspiración y muchos artistas los han incluido en sus obras, mientras que otros han partido de alguno de sus muchos atributos para desplegar su creatividad, tanto en el plano figurativo, como en el abstracto.

No sé si habrá sido inspiración o casualidad, pero desde que contemplé por primera vez las impresionantes torres de la Sagrada Familia de Barcelona, mi imaginación las sustituyó por tajinastes, sobre los que se sitúan unos pináculos rematados con colorista cerámica que, curiosamente, dicen se asemejan a los tallos de una planta mediterránea denominada 'uña de gato'.

Los expertos, investigadores y biógrafos del arquitecto Antoni Gaudí afirman que era una persona enamorada y obsesionada con la naturaleza, en general, y las especies vegetales, en particular. En especial, hacen referencia a su admiración por los cereales terminados en espigas, como el trigo, porque le maravillaba como un tallo tan largo, fino y liviano fuera capaz de soportar en su parte más elevada de un peso como el de un conjunto de granos maduros. Le interesaba esa combinación de fortaleza y ligereza para aplicarla a sus innovadores proyectos.

No he encontrado ninguna conexión entre los tajinastes y la obra de Gaudí, aunque existen algunas curiosas coincidencias, como la mención científica sobre los tajinastes realizada en la edición de 1902 del Botanical Magazine, una época en la que el arquitecto catalán todavía buscaba fuentes de inspiración y soluciones matemáticas para soportar algunas de sus ideas y bocetos.

Desde el punto de vista estructural, las torres de la Sagrada Familia y los tajinastes no guardan ninguna relación, ya que las primeras se elevan, casi todas, por encima de los 100 metros de altura, y para soportar su peso necesitaron de aplicar algunas propuestas singulares, que no necesitan los tajinastes, cuya cúspide apenas llega a superar los tres metros.

Además, si han tenido la posibilidad de ver un tajinaste muerto, éste se articula en torno a un cilindro central hueco, de un diámetro variable que se va reduciendo a medida que la planta se eleva, formado por la unión de diferentes varillas similares a tallos de cereales, de las que salen pequeñas ramificaciones horizontales, a modo de picos, que soportan las flores, una solución muy difícil, aunque no imposible, de aplicar en arquitectura.

Si ambas estructuras no son ni semejantes ni comparables, no ocurre lo mismo con su simbolismo. En los templos cristianos, sobre todo a partir del gótico, la elevación significa un acercamiento a los cielos, que se suponen alejados de todos los males y pecados que cometen los seres que nos movemos por el suelo, atrapados por la fuerza de la gravedad.

Los tajinastes también parecen querer señalar el cielo, como alargados dedos cónicos recubiertos flores, que apuntan hacia un firmamento iluminado por constelaciones cuando desparecen el Sol y la Luna, que nos indican de dónde procedemos: de restos de polvo y energía sideral que se han organizado para formar un planeta tan complejo como sorprendente.

Y los tajinastes se erigen como magníficas torres de un templo natural que nos conecta con el universo, como creo trataron de describirlos los guanches al denominarlos con esa palabra, sobre la base de un suelo volcánico escaso de nutrientes orgánicos, capaces de soportar las inclemencias meteorológicas propias de la altitud en la que se encuentran, de ofrecer delicioso y sutil néctar a abejas e insectos que intentan sobrevivir en un entorno tan hostil, de aprovechar cada gota de escasa agua de manera inteligente para impulsar su crecimiento, de vincular la energía del magma subterráneo con la del cosmos de la que todos procedemos.

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