sábado, 12 de septiembre de 2015

Haeno: Crisis (Tiempo nuevo)

Los políticos que nos gobiernan y sus acólitos (calificados como expertos o profesionales bien informados) no dejan de repetirnos que estamos saliendo de la crisis, pero no dejo de ver señales que me indican lo contrario.

Dicen que los datos macroeconómicos de nuestro país son buenos y que se genera empleo, aunque los políticos de la oposición y los sindicatos opinan justo todo lo contrario: que sólo se genera riqueza para los que ya la tienen y que los puestos de trabajo son precarios, tanto por la brevedad en la duración de los contratos como por lo exiguo de los salarios.

Creo que los primeros juegan hábilmente con las palabras y tratan de confundir a la gente, al darle a la palabra crisis un significado similar al de recesión económica y distinto al que realmente tiene.

De todas las posibles definiciones de la palabra crisis, la más acertada para expresar la situación actual es una de las que aparecen en el Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua: "Situación dificultosa o complicada". Su origen etimológico proviene del griego, donde escritores como Herodoto, Plutarco, Sófocles o Hipócrates la utilizaron para alertar sobre momentos de ruptura o de toma de importantes decisiones.

Hace tiempo que la humanidad (no sólo nuestro país o la sociedad occidental) se enfrenta a una situación "dificultosa o complicada" y nada parece que va a cambiar en los próximos años. Por tanto, vamos a seguir en crisis mucho tiempo y muchas personas lo saben, sobre todo las élites más influyentes.

Nuestra civilización sobreexplota los recursos naturales del Planeta y nada se hace por arreglarlo. Lo único que se les ocurre a quienes rigen nuestros destinos es maquillar la situación ante la opinión pública y tratar de asegurarse su supervivencia y la de sus descendientes con la acumulación de dinero, oro, diamantes o de cualquier otro objeto de valor simbólico, pero sin ninguna utilidad colectiva en el futuro.

Como la humanidad cada vez es más numerosa y la actividad económica se ha globalizado, el valor del trabajo se ha devaluado y cada vez se paga menos por las habilidades o conocimientos que necesitan las empresas para competir siguiendo las reglas de la economía de mercado y cuyo único objetivo, recordemos, es la obtención de cada vez más beneficios.

Pero ¿cómo se miden esos beneficios? Pues en cifras relativas a las cantidades de dinero de curso legal que son capaces de atesorar esas sociedades, la mayoría anónimas, ya sean como inversiones en bienes patrimoniales (inmuebles, fincas o solares) o en activos financieros. La premisa actual que nadie discute es que estas sociedades 'anónimas' tienen que ganar cada vez más para que todo nos vaya bien y no importa que, para ello, quienes salgan perdiendo sean las personas.

Como el territorio a comprar para que forme parte del patrimonio de estas sociedades está limitado a las dimensiones del planeta y hay partes que, afortunadamente, no se pueden adquirir con dinero, casi todo se invierte en activos financieros, que se dedican a buscar oportunidades de negocio donde quiera que surjan, siempre siguiendo la premisa de obtener el máximo beneficio. Pero, ¿para qué? Y, sobre todo, ¿para quién?

En estos momentos, los activos financieros internacionales multiplican varias veces la capacidad productiva del planeta y han sido capaces de reproducirse de manera mucho más rápida que la propia población mundial. Se han convertido en una especie de nube tóxica que amenaza con dejarnos sin capacidad de reacción para solucionar los problemas pendientes más graves, causados por nosotros mismos (guiados por unas élites políticas que son asesoradas de forma 'anónima') y que ponen en peligro nuestra supervivencia como especie.

7.324 millones de seres humanos somos ya hoy demasiados para lo que nuestro castigado planeta es capaz de soportar, pero más de dos mil billones de dólares también lo son. Si se repartieran entre todos los habitantes, tocaríamos a unos 275.000 dólares por cabeza. Igual que si repartiéramos el producto interior bruto (PIB) mundial anual entre todos, tocaríamos a más de 10.000 dólares. Una familia de cuatro miembros de cualquier país dispondría al año de más de 40.000 dólares, lo que ingresa una familia de clase media en los países autodenominados como avanzados, aunque aquí la realidad tiene sus matices.

En España, por ejemplo, la decimoquinta economía más importante del mundo (más o menos), con un PIB de 1,4 billones de dólares en 2014 y una población de 46,4 millones de habitantes a comienzo de 2015, nos correspondería disfrutar de más de 30.000 dólares a cada uno, incluidos a niños y ancianos, que no trabajan, lo que supondrían 120.000 dólares para una familia de cuatro miembros, lo que, actualmente sólo sucede en menos del 2 por ciento de los casos. La media nacional por familia se sitúa precisamente bastante por debajo de los 30.000 dólares que nos corresponderían por individuo.

Por tanto, destruir a las clases medias de países supuestamente desarrollados como España, devaluando sus ingresos y a través de reformas en el Estado del Bienestar que benefician a sociedades 'anónimas', constituye no sólo una injusticia, sino que tampoco contribuye a solucionar los problemas, sino más bien a empeorarlos.

Lo que hay que empezar a plantearse, y especialmente cómo hacerlo, es que todos esos billones de dólares de riqueza 'anónima' acumulada comiencen a destinarse a la sostenibilidad de este planeta de una manera socialmente justa y no a buscar cada vez mayores beneficios a través de innecesarias y perjudiciales burbujas financieras, que acabarán por desestabilizar de forma irremediable unos mercados cada vez más deteriorados por la especulación, hasta igualar el valor de todo lo que acumulamos a cero, lo que equivaldría al final de esta crisis y al comienzo de un tiempo completamente nuevo, en el que igual no tendría cabida el ser humano 'civilizado'.

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