lunes, 11 de noviembre de 2013

Guanil axit: Vida salvaje

Los documentales sobre la vida salvaje de las diferentes especies animales que pueblan el planeta siempre resultan de lo más instructivo y estimulante, pero no hay nada como vivir este tipo de contactos y experiencias, aunque sean en un entorno controlado, como el hogar contemporáneo medio de cualquier país que se considere desarrollado.

Porque, nos guste o no, vivimos rodeados de vida salvaje, de moscas, mosquitos y una gran variedad de insectos alados, que entran por la ventana para incordiarnos; de arañas que tejen telas por la noche en el marco de una puerta, para que nuestra adormilada cabeza se las lleve por delante camino de la ducha, del desayuno o del coche; por no hablar de las indeseables cucarachas o de las ratas y ratones que merodean por nuestras alcantarillas y contenedores de basuras.

Y en nuestro entorno insular, podemos recibir visitas más o menos agradables, dependiendo de nuestra actitud hacia las especies que nos rodean, como aves de diferente tamaño, lagartos o, al menos para mí, simpáticos y útiles perenquenes.

No deja de asombrarme la capacidad humana para tratar de mantener contacto con algunas especies, aunque cautivas, dentro de jaulas, como los pájaros y todo tipo de roedores, o los terrarios que albergan a más o menos exóticos reptiles. Incluso cruzamos diferentes variedades hasta obtener una nueva, que no se parece en nada a sus ancestros salvajes y que llega a perder parte de su esencia y adaptabilidad al medio, por lo que su supervivencia fuera de su prisión parece una quimera, aunque la naturaleza siempre nos reserva agradables sorpresas.

Pero no todos los animales que escogemos para que compartan nuestro espacio los encarcelamos. Perros y gatos gozan mayoritariamente de nuestro beneplácito para acomodarse bajo nuestro techo y participar de nuestras vivencias y sentimientos. Incluso llegan a ser confidentes de ocultos secretos, sabedores de que no los van a difundir entre nuestros congéneres, aunque puedan llegar a ser unos inoportunos delatores de nuestra escasa y equivocada capacidad comunicativa, pese a todos los medios que hemos creado y disponemos a nuestro alcance.

De todos los animales presuntamente domésticos, me llaman la atención los felinos, porque nos muestran que el lado salvaje está siempre presente en su interior y puede expresarse en cualquier momento, dependiendo del estado de ánimo y de los sentimientos. Los pequeños gatos respetan algunas reglas, pero las adaptan a su propio instinto, que es la forma en que la inteligencia actúa de forma inmediata, sin tener que pasar por la burocrática razón, que, en ocasiones, tanto obstaculiza la acción humana.

Los felinos parecen mantener algunas pautas comunes de comportamiento al margen de su tamaño. Son fundamentalmente independientes, grandes observadores, ágiles cazadores, fieros y, cuando les apetece, abrumadoramente cariñosos con quienes deciden compartir un vínculo emocional, hasta que determinan lo contrario, ya sea de forma temporal o definitiva.

¿Qué nos atrae tanto de los felinos, que los convertimos en peluches para nuestros hijos? ¿Por qué nos produce tanto impacto la imagen de sus ojos de despiadado a la vez de bohemio depredador? ¿Y qué me dicen de la estética de las formas atigradas o de piel de leopardo y su presencia en la moda femenina? ¿Y en los tatuajes? ¿Son una metáfora de lo que somos o una proyección de lo que queremos ser? ¿O reconocemos en ellos la esencia de un coetáneo superviviente, tan cariñoso con los suyos o los nuestros, como huidizo o despiadado con el resto?

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