domingo, 10 de septiembre de 2017

Hura fasarifen: Huracanes (grandes vientos calientes)



Podemos seguir negándolo todo o podemos ser responsables y asumir la posibilidad de que otros más cualificados e inteligentes tengan al menos una parte de razón en sus cálculos e investigaciones. No digo que confiemos ciegamente en ellos, sino en que les demos al menos el beneficio de la duda y consideremos que existe una alta probabilidad (al menos un 50 por ciento) de que sus estudios y conclusiones, a las que han dedicado tanto tiempo y esfuerzo, sean ciertos. Mientras que para negar sus teorías hay quien no dedica ni un segundo a reflexionar.

A lo largo de la historia humana hemos rechazado hasta hace pocos siglos que la tierra era redonda y que giraba en torno al sol. Hasta hay quien todavía se atreve a defenderlo en público, solo que ya nos lo tomamos a broma. Más de la mitad de la población con cierto nivel de estudios de algunos países presuntamente desarrollados sigue negando la Teoría de la Evolución de las Especies de Charles Darwin, a pesar de las evidencias.

La ignorancia ha sido siempre una poderosa fuerza colectiva, más influyente que la inteligencia, porque la primera está guiada por la fe ciega, mientras que la segunda se asienta sobre la duda y tiende a ser reconocida de forma individual, más como una excepción que como una obligación. Pero ¿somos o no somos todos homo sapiens?

Durante los últimos años, diferentes grupos de científicos de distintos países sostienen, fruto de sus investigaciones, que nuestro planeta Tierra está sufriendo un proceso de calentamiento global de consecuencias predecibles, pero, a pesar del absoluto consenso científico, todavía hay quien lo niega, lo cual no pasaría de ser una anécdota, si no fuera porque esa negación implica no adoptar medidas para frenarlo.

Pero lo peor no son los negacionistas relevantes, como el presidente de los EE UU, sino los que reconocen el problema y aparentan aprobar soluciones que no sólo no ayudan a solucionarlo, sino que lo agravan, como los dirigentes mundiales que aprobaron un acuerdo no vinculante en París para la reducción de emisiones de CO2, porque su objetivo es que aumente la temperatura del planeta 'sólo' entre 1,5 y 2 grados centígrados de aquí a final de siglo.

Es como si a un enfermo con fiebre se le dicen los médicos que no van a intentar bajársela, sino que lo van a tratar para que no le suba más de dos grados para que no se muera, pero tampoco se comprometen a prescribirle las sustancias adecuadas para ello, ya sea por falta de recursos o de voluntad a la hora de llevarle la contraria a las grandes corporaciones multinacionales que obtienen grandes beneficios con la 'medicación'. El paciente no se morirá, pero va a seguir enfermo mucho tiempo.

Hasta ahora, los políticos y dirigentes mundiales se han centrado en frenar los efectos a largo plazo del calentamiento global, como la subida del nivel de los océanos, porque ello perjudicaría a la mayoría de las poblaciones mundiales, que se encuentran a orillas del mar. Pero ¿qué pasa con los efectos a corto plazo?

Durante los últimos días estamos comprobando lo devastador que puede resultar una mayor temperatura del agua y de la atmósfera en la evolución e incremento de la intensidad de los huracanes en el Océano Atlántico y en el Caribe. Primero fue Harvey, ahora llega Irma y a ambos les siguen José y Katia. ¿Y que han tenido de particular estos huracanes? Lo primero es que la formación en el Atlántico de tantos huracanes seguidos con tanta fuerza es un fenómeno poco frecuente, que sólo ha sucedido anteriormente en 1935 y 2010. Y los dos primeros, Harvey e Irma, ofrecen datos nunca antes obtenidos por los meteorólogos.

Por ejemplo, Harvey tiene el 'honor' de ser el primero que se estanca en Texas y provoca una acumulación de lluvia nunca antes registrada en la zona (nada menos 125,27 centímetros), con grandes inundaciones y pérdidas multimillonarias a todos los niveles. Irma también está siendo excepcional: por primera vez un huracán adquiere la categoría 5 (vientos superiores a los 250 kilómetros por hora) en el Atlántico, antes de llegar al Caribe, y también por primera vez un huracán mantiene vientos de 295 kilómetros por hora durante 33 horas seguidas. Podría decirse que ha inaugurado una nueva categoría: la fuerza 6.

José sigue la estela de Irma y falta por ver la progresión de Katia, pero con los dos primeros ya hemos alcanzado un nuevo nivel y todavía quedan nuevos huracanes por formarse. Algunos científicos temen que alguno se de la vuelta y en vez de dirigirse al Caribe coja rumbo al Mediterráneo, un mar también bastante recalentado, y empiece a arrasar las costas del norte de África y del Sur de Europa. ¿Nos lo tomaremos entonces más en serio?

Pero las malas noticias climáticas nunca vienen solas: los satélites han detectado desde el pasado 31 de julio un importante incendio al oeste Groenlandia que sólo podrá ser apagado por la propia naturaleza, cuando llueva. Se desconoce el origen del mismo, pero prospera gracias a la elevación de la temperatura y a la sequedad del verano. Todavía se están recopilando datos, pero desde hace tiempo se sabe que existen bolsas de metano bajo el permafrost (suelo congelado) que cuando se derrite se vuelve más permeable, por lo que estos gases ascienden desde el subsuelo hacia la atmósfera, donde pueden entrar en combustión o disolverse en la misma, contribuyendo en ambos casos a incrementar el efecto invernadero.


Si la fiebre es in síntoma de enfermedad en los seres vivos y a partir de cierta temperatura no puede existir la vida que conocemos y compartimos, deberíamos tomarnos en serio el cambio climático tanto a título individual como colectivo y hacer lo posible y lo imposible para evitar el calentamiento de la atmósfera. En este proceso se necesita valentía política y social, pero también cualquier pequeño gesto individual y cotidiano puede acabar por ser determinante.

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