sábado, 12 de diciembre de 2015

Abitegual: Desconfianza


Reconozco que con el paso de los años me he vuelto más desconfiado, sobre todo en lo que respecta a cuestiones de política. He padecido muchos gobiernos y gobernantes y no recuerdo a ninguno que no haya intentado 'metérmela doblada', metafóricamente hablando.

Parto de la base de que no existe nada ni nadie que sean perfectos, y menos aún las palabras, que no dejan de ser símbolos de una manera inacabada de expresar la realidad y, como consecuencia de ello, existen multitud de idiomas. Su significado inmaterial suele ser inexacto, incompleto o impreciso, lo que origina frecuentes equívocos y situaciones de incomprensión.

En todos los ámbitos tratan de convencernos de que compremos, hagamos o pensemos como nos proponen personas, organizaciones o empresas interesadas en que apoyemos sus objetivos, con mejor o peor intencionalidad y con mayor o menor éxito.

El problema surge cuando la palabra es utilizada deliberadamente para confundir, para dar a entender un determinado contenido y ocultar otro. Ocurre habitualmente en las relaciones sociales cotidianas y, por tanto, la vida política no va a constituir una excepción.

El 20 de diciembre de este 2015 los españoles estamos convocados a participar en unas elecciones que han generado unas expectativas que me recuerdan bastante a las primeras celebradas dentro del actual período democrático, en aquel lejano 15 de junio de 1977, hace más de 38 años.

Entonces aspiraban a presidentes cinco grandes líderes políticos: Adolfo Suárez, Felipe González, Santiago Carrillo, Manuel Fraga y Enrique Tierno Galván. Y los que obtuvieron mayor respaldo popular fueron precisamente los más jóvenes e inexpertos, que fueron capaces impulsar unas reformas imprescindibles, pero nada sencillas de conseguir, para avanzar hacia el modelo de sociedad en el que ahora nos encontramos, con sus virtudes y defectos.

Los analistas coinciden en que nos encontramos ante un cambio de escenario político y que quienes salgan elegidos van a tener que afrontar nuevos retos, como ocurrió entonces. Pero el punto de partida es diferente: el país es diferente y el electorado es diferente, aunque los mensajes transmiten un contenido ilusionante bastante similar, aunque no en todos los casos.

La ilusión es un motor muy potente de cambio, pero no deja de ser un espejismo, un horizonte falso por abstracto que se aleja a medida que tratamos de acercarnos. La esperanza de quienes nos invitan a caminar hacia el espejismo en una determinada dirección es convencernos en el tránsito de que valoremos la realidad que construimos a través de su particular prisma.

Si echamos la vista atrás, el resultado de aquella ilusión colectiva de 1977 no ha sido negativo, sino más bien todo lo contrario, pero quienes no vivieron aquellos años no pueden recordar las circunstancias en las que se produjo aquel cambio. Una nueva generación quiere protagonizar una nueva transformación y emular a sus ancestros, lo que no va a resultar fácil.

No es lo mismo pasar de una dictadura a una democracia, que reformar o enmendar una constitución que, desde mi opinión, no ha caducado, como tampoco han caducado los valores de la Revolución Francesa que impulsaron la democracia. Lo que ha sucedido es que la Constitución Española ha dejado de cumplirse, tanto por parte de nuestros representantes públicos como dentro del ámbito privado, porque no la sentimos como una guía que nos estimula a ser mejores, tanto a título individual como colectivo.

Creo llegado el momento de dejar paso a la ilusión que impulsa a una nueva generación, con ideas y proyectos que parecen nuevos pero que no lo son, con los que pueden reconducir el tránsito hacia un modelo de sociedad más justo, libre y solidario.

Estoy convencido que se equivocarán, como erraron los políticos de los 70, 80 y 90, en ocasiones por exceso de optimismo en cuanto al cumplimiento de las leyes que aprobaban, pero acabarán por alcanzar un resultado positivo como se consiguió entonces. Lo mejor que tiene la democracia es la capacidad colectiva de corregir errores y eso convierte a este frágil sistema en imbatible cuando está dentro de la conciencia de cada persona. Es en ese proceso precisamente donde nos encontramos ahora y si no lo conseguimos en estas elecciones, habrá que volver a intentarlo en las siguientes.

No debe existir descanso en esta lucha, porque la democracia sigue siendo minoritaria en el contexto internacional, donde abundan las dictaduras, algunas absolutas y muchas otras camufladas. Estas últimas son las más peligrosas, porque cuentan con el apoyo de los poderes económicos, a quienes les interesan más para lograr sus objetivos de enriquecimiento absurdo las personas sumisas, inseguras e influenciables (permeables a la corrupción) que las independientes, honestas y libre pensantes.

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