viernes, 30 de octubre de 2015

Atis aca... Padre nuestro...


"Atis aca ñaren cha ondikhuesate antichiaha onanda erari...". Así comienza la oración del 'Padre Nuestro' en lengua guanche, que en español se reza como "Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre..." y en latín se dice "Pater noster, qui es in caelis, sanctificétur nomen tuum...".

El 'Padre Nuestro' forma parte de los conocimientos y sentimientos que adquirimos desde temprana edad muchas generaciones educadas en la doctrina católica y me parece que su contenido es positivo e, incluso, utópico, sobre todo porque, en líneas generales, el ser humano es bastante más imperfecto e indomable que como lo describen y les gustaría que fuera a la mayoría de los textos religiosos y filosóficos. Por eso nuestro mayor pecado no es ninguno de los siete pecados capitales (lujuria, gula, codicia, pereza, ira, envidia y soberbia), sino nuestro desmesurado optimismo, que nos lleva a autodenominarnos como 'homo sapiens'.

La propia metáfora de Dios como padre no sólo de la humanidad sino de todo el universo nos plantea algunos interesantes interrogantes: ¿Existe o existió Dios? Si no existe ¿por qué la mayoría de la humanidad cree que existe? Y si existe ¿qué o quién es? En tres de las más importantes religiones monoteístas que comparten un tronco común (Judaísmo, Cristianismo e Islamismo) Dios es el creador de todo. Según el libro del 'Génesis', Dios tardó seis días en crear el cosmos, nuestro sistema solar, nuestro planeta, la vida y el ser humano como hoy los percibimos. Y el séptimo, descansó.

Si no nos tomamos al pie de la letra lo escrito, sino como un testimonio del conocimiento medio que tenía el ser humano de su entorno hace unos tres mil años, podíamos decir que quienes relataron en la Biblia el proceso creador no iban muy desencaminados.

La ciencia actual (dentro de tres mil años a saber qué pensarán de nuestras teorías, hipótesis y conclusiones) afirma que el universo tiene algo más de 13.800 millones de años. Si condensamos todo ese tiempo en un año natural (el tiempo que tarda nuestro planeta en orbitar alrededor del Sol) en vez de en una semana, el primer minuto del 1 de enero se habría celebrado con unos espectaculares fuegos nada artificiales que hoy denominamos 'Big Bang'.

La resaca de aquella primera fiesta fue colosal y todo se encontraba confundido en una gran nebulosa de la que poco se sabe, supongo que fruto de los efectos psicotrópicos de tamaña explosión, hasta que, según el prestigioso científico Carl Sagan, que desarrolló el calendario cósmico, llegó el 1 de mayo (Día del Trabajo) y nació la Vía Láctea, que también tuvo unos inicios bastante turbulentos, fruto de la propia inercia de la época en la que vio la luz.

El universo era joven y la Vía Láctea una adolescente inexperta cuando comienza a formarse nuestro sistema solar un 9 de septiembre y cinco días más tarde ya empieza a dar sus primeros giros nuestro planeta Tierra, que no tarda mucho en albergar las primeras formas de vida. Se estima que estos microorganismos pululaban por nuestra geografía desde el 25 de septiembre, aunque las primeras muestras fósiles que se encuentran no son anteriores al 9 de octubre.

El 1 de noviembre se inventa el sexo y comienza a ser practicado con éxito entre los microorganismos, dando origen a las primeras plantas fotosintéticas pluricelulares, aunque para la aparición de las células modernas, con núcleo, habría que esperar hasta el 15 de noviembre.

A comienzos de diciembre, la Tierra es ya un completo desmadre y el oxígeno invade nuestra atmósfera fruto del frenesí sexual y de la práctica generalizada de la fotosíntesis, lo que provoca la aparición de los primeros gusanos el 16 de diciembre y, desde entonces, ya es un no parar: el 17 aparecen los primeros invertebrados, el 18 el plancton oceánico y los trilobites, el 19 los primeros peces y vertebrados, el 20 las primeras plantas salen del mar para colonizar la tierra firme y, al día siguiente, algunos insectos las imitan.

Día a día se suceden los acontecimientos: el 22 surgen los anfibios e insectos voladores, el 23 los árboles y reptiles, el 24 los dinosaurios, el 25 comienza el período mesozoico (que equivale a nuestra Navidad actual), el 26 cobran vida los primeros mamíferos, el 27 las primeras aves y el 28 se abren las primeras flores y, como es el Día de los Santos Inocentes, a causa de una broma de mal gusto con un meteorito, les toca extinguirse a los dinosaurios.

El 29 algunos mamíferos eligen retornar al mar de sus ancestros y aparecen los cetáceos, pero como las alegrías nunca vienen solas, también son alumbrados los primeros primates, que darán origen al día siguiente a los primeros homínidos.

Los humanos actuales no aparecemos hasta la última hora u hora y media del día 31 de diciembre de esta cronología y es en el último minuto cuando realizamos la primera pintura rupestre, inventamos la agricultura y hace tan sólo 25 segundos que fundamos las primeras ciudades y sociedades del Neolítico. Hace diez segundos que se desarrollaron las civilizaciones egipcia y sumeria y hace tres que cayó el Imperio Romano. El último segundo de este 31 de diciembre cósmico comenzó con el Renacimiento y alcanza hasta hoy, pero ¿Qué va pasar mañana?

Los científicos calculan que al Sol le quedan unos 5.000 millones de años de reacciones nucleares como hasta ahora, con sus altibajos, pero disfrutando de cierta estabilidad. Esto significa que, en circunstancias normales, nos quedarían unos cuatro o cinco meses cósmicos de vida en el planeta. Pero, para dentro de unos 3.000 millones de años, está prevista una gran colisión entre nuestra Vía Láctea y la galaxia Andrómeda, cuyas consecuencias para nuestro sistema solar resultan un completo enigma, lo que podía acortar la vida de nuestro planeta en un par de meses, con lo que podríamos llegar hasta Carnavales o, con un poco de suerte, hasta Semana Santa.

Siempre y cuando no tengamos alguna sorpresa procedente del Cinturón de Kuiper o de la Nube de Oort, que orbitan alejados del Sol, en forma de gigantesco objeto que impacte contra la Tierra o cause alteraciones en nuestra órbita o la de la luna, con lo que apenas nos quedaría tiempo para disfrutar de los regalos que nos dejen los Reyes Magos.

Si tenemos en cuenta todos estos datos, junto a la estimación científica de que la materia y la energía de la que estamos 'fabricados' sólo representa el 4 por ciento del Universo (el resto es materia y energía oscura), resulta comprensible que la mayoría de los seres humanos crea en Dios y, más concretamente, en un Dios Todopoderoso Creador de Cielos y Tierra, porque no dejamos de ser una ínfima insignificancia en la inmensidad del espacio-tiempo cósmico y parece que hemos llegado 'in extremis' a este momento de la creación.

Sin embargo, nuestra supervivencia en el minuto de vida consciente que estamos disfrutando como especie ha dependido en gran medida del acierto en nuestras propias decisiones ante los cambios que han acaecido sobre un planeta que no deja de moverse, un éxito que no se transmite por herencia genética y que no tiene porqué estar produciéndose ahora.

Las últimas generaciones de humanos nacemos entregadas a la reforma del planeta, como si nuestra acción fuera consecuencia de una inspiración divina. Lo que sucede es que cuando contemplamos las maravillas de la naturaleza que ya existían cuando aparecimos sobre la Tierra, lo realizado por el ser humano, salvo honrosas y artísticas excepciones, parece una auténtica chapuza.

A veces tengo la impresión de que estamos gestionando la milésima de segundo cósmico en la que vivimos como si fuera la última, o como si estuviéramos dentro de un período de descuento o prórroga, cuando lo que en realidad tenemos que afrontar son días, semanas y meses cósmicos por delante, con la ayuda de Dios.

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