domingo, 22 de diciembre de 2013

Saha: Suerte (fortuna)

Antes se decía, de una persona que abandonaba su casa para emigrar, que iba en busca de fortuna, un concepto que se entendía de una forma modesta, como la posibilidad de encontrar una vida mejor que la que le esperaba si se quedaba con los suyos. Eran tiempos de escasez para casi todos y de miseria para muchos.

La suerte tenía la cualidad de ser proactiva, había que ir a por ella a donde fuera y había que dedicar esfuerzo e inteligencia para lograr que nos fuera favorable, aunque la mayoría de las veces resultaba esquiva. Sólo la fuerza de la perseverancia y de la esperanza consiguió que un selecto grupo de sufridos agraciados pudiera regresar a su tierra con un destino diferente al que le deparaba su humilde origen.

Ahora sucede prácticamente lo mismo y nuestros mejores titulados universitarios y profesionales cualificados hacen las maletas, para ir a buscar fuera una prosperidad que se les niega en su entorno familiar más cercano.

Hubo una época en la que ser universitario equivalía a ser un pringao, alguien que se iba a sacrificar estudiando inútilmente y no iba a conseguir el éxito económico y social que premiaba a todos los que habían decidido entrar a trabajar en el emergente sector de la construcción.

Esos años dejaron como secuela que la cantera empresarial se forjara y se formara sobre la base del oportunismo y de la imitación, creando continuas burbujas, ocasionadas por la insistencia en los monocultivos, tanto en la agricultura como en la construcción, marginando la investigación, el desarrollo y la innovación (I+D+i). Los números rara vez mienten y sólo un 10 por ciento de empresarios con titulación universitaria no puede romper una dinámica tan perversa como la sufrida durante las últimas décadas en este país.

Por eso la suerte ha pasado de ser proactiva a ser pasiva. Ya no se busca, sino que te la encuentras a cada paso. Aunque sea una suerte falsa, embustera y tramposa, una pseudosuerte cuyo objetivo es enriquecer a otros y mantenernos entretenidos e entusiasmados con la idea de que nos puede cambiar la vida, cuando en realidad nos hace más esclavos de la insustancial existencia que llevamos.

Esta suerte mentirosa se nos cuela en casa por la televisión, tanto en anuncios como en programas; recorre las calles en manos de vendedores ambulantes, que demandan una caritativa ayuda; se aloja en los bares, dentro de máquinas de maquiavélica luminosidad, y promete inversiones multimillonarias y la generación de decenas de miles de puestos de trabajo, en forma de proyectos como Eurovegas, que se desvanecen en cuanto los promotores tienen que poner dinero de su bolsillo y no lo pagamos nosotros, como los boletos de la lotería que nos venden, donde los premios sólo constituyen una parte de la recaudación, la mayor parte de la cual se la queda el Estado, que después grava con un 20 por ciento más de impuestos cualquier recompensa que pase de 2.500 euros.

Pese a las muestras de alegría que vemos en estas fechas por parte de moderados agraciados de todas partes (quienes insisten que, con el dinero obtenido, sólo van a poder tapar agujeros y darse algún capricho), la mayoría de los jugadores sólo ha conseguido perder la inversión, aunque siguen sin perder la ilusión por ganar este el timo de la estampita mejorado e institucionalizado, que se fundamenta en unas dosis de avaricia y pereza socialmente aceptables, y que no contribuye a fomentar una sociedad mejor, sino más desigual, dividida en dos clases: los laureados (por motivos distintos a los que se le atribuyen a la diosa fortuna) y los ingenuos aspirantes a serlo.

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