domingo, 8 de febrero de 2015

Gamhan: Contradicciones

El ser humano sobrevive desde sus orígenes plagado de contradicciones y quizá en esa condición resida buena parte de su éxito evolutivo. Somos impredecibles, aunque no siempre. Solemos decir una cosa para luego hacer otra. Pensamos de una manera y decimos lo contrario. Actuamos sin pensar y pensamos en cosas que nunca seremos capaces de hacer.

Algunas disciplinas científicas intentan entender este extraño comportamiento, predecir tanto los comportamientos individuales como colectivos e influir en ellos. Mentes inteligentes, en ocasiones desde intereses contrapuestos, quieren conocer cómo somos, para después ayudarnos a decidir lo qué y dónde debemos comer, el método de transporte que debemos elegir, cómo vestirnos o entretenernos, el aspecto que debemos ofrecer o las normas que debemos respetar para estar bien considerados socialmente.

El objetivo final de muchos de estos estudios no es saber cómo pensamos, porque eso pertenece a la esfera de lo más privado y, en ocasiones, secreto. Y no interesa dedicar esfuerzo y recursos a ese menester. Lo que se pretende es conocer cómo actuamos y cómo respondemos ante determinados estímulos, retos y circunstancias, para luego tratar de cambiar esos impulsos iniciales por otros más 'productivos'.

El resultado es que la mayoría de las personas no creemos en casi nada ni a casi nadie. Fingimos hacerlo, pero somos esencialmente incrédulos, con una excepción: El dinero. Todos creemos que el dinero, en grandes cantidades, es el único capaz de cambiar nuestras vidas. Pero el valor del dinero es muy relativo y no es lo mismo disponer de un millón de dólares estadounidenses que de un millón de yenes japoneses, aunque ambos procedan de dos de los países más desarrollados del planeta.

Además de poseer un valor relativo, el dinero también se distribuye de forma arbitraria o, cuanto menos, caprichosa. Para una gran mayoría es algo escaso, cuando no inexistente; mientras que para unos pocos es el medio de que disponen para conseguir cada vez más, curiosamente de los que menos tienen.

Por eso los mensajes que recibimos en los últimos tiempos resultan especialmente confusos en lo económico. Se nos dice que arriesguemos a crear empresas para prosperar, porque el valor del trabajo cada vez es menor. Que si triunfamos tendremos garantizadas en el futuro la asistencia sanitaria, una confortable vivienda, una buena educación para nuestros hijos y una renta digna cuando seamos mayores.

Pero ¿y si fracasamos? ¿No tenemos entonces derecho a ello? ¿No nos garantizaban eso en las constituciones nacionales a excepción de la europea? ¿Han quedado las anteriores derogadas por ésta última pese a no haber sido refrendada por los ciudadanos y las instituciones de todos los Estados miembros? ¿O sólo ha sucedido en los que la mayoría le dio su beneplácito sin haberse leído ni entendido el texto, como sucedió en este país?

Y si la confusión reina en el ámbito económico, qué podemos decir dentro del ámbito político. Los partidos de gobierno tradicionales se presentan como los garantes de un menguante Estado del Bienestar, pero que han legislado en su contra y han encubierto a delincuentes que han sustraído una parte significativa o simbólica del dinero común, para su interés particular o para financiar las campañas de sus candidatos.

Ya nadie les cree, pero en el tiempo que han permanecido en el poder han tejido una tupida tela de intereses, que, ganen o pierdan, conseguirán que muchas personas les sigan votando. Pero otras muchas personas sin trabajo ni recursos no tienen nada que ganar con ellos y sí mucho que perder, por lo que van a preferir elegir una nueva propuesta, que en realidad no es tan nueva, sino más bien una apuesta conservadora de éxito incierto, por el actual contexto internacional.

Porque para mantener el Estado del Bienestar que una gran mayoría desea hace falta una sociedad próspera y, desde hace años, no lo somos, aunque la estadística diga lo contrario e insista en que crece el producto interior bruto.

Y no podemos prosperar porque el dinero nunca ha sido solidario y el contemporáneo es, además, completamente apátrida. El dinero, a lo sumo, pude llegar a ser caritativo, y quienes lo manejan en grandes cantidades prefieren transferirlo a paraísos fiscales a través de entidades opacas, y rara vez intentan que genere riqueza entre sus paisanos.

Para que el dinero fluya en este país no basta que el Banco Central Europeo lo inyecte transfusión tras transfusión. Hace falta una conciencia colectiva de la que carecemos, que impregne a las élites y les obligue a hacer lo que no han querido o podido hasta ahora. Y si no se aprecian cambios en sus actos y no sólo en sus mensajes, habrá quien prefiera aceptar el riesgo de una catarsis colectiva, antes que seguir con la actual dinámica empobrecedora.

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