domingo, 27 de abril de 2014

Heñicañac: Flexibilidad

Si alguna palabra define con mayor acierto el momento actual de la civilización humana, y no sólo por estar en boca de muchos de nuestros dirigentes, esa es 'flexibilidad'. Atrás quedaron los años en los que se ponía énfasis en la productividad (para obtener más beneficios), a cambio de moderación (en las demandas de mayores percepciones por parte de los productores).

Eran buenos tiempos, en algunos aspectos, probablemente fueran los mejores. Pero acabaron. El sector de la construcción nos convidaba a un bienestar ficticio, pero que resultaba tan real, que era imposible apreciar lo contrario.

Y nos acostumbramos a lo bueno. A comprar de oídas o a primera vista, sin que nos vendieran, sin que nos explicaran para qué servía aquello cuya tecnología o supuesta funcionalidad nos deslumbraba, sin comprobar si nos resultaba útil. Simplemente fuimos cautivados por su atractivo, por el eficaz maquillaje que le proporcionaban oportunas estrategias de márketing o por una efectista presentación publicitaria. Y si no lo podíamos pagar, siempre había un banco o una financiera que nos prestaba el dinero para conseguirlo.

Hasta que llegó un momento tan previsible como fatídico, en el que lo que producíamos desde la moderación no se podía vender y, por tanto, su valor pasaba a ser cero. Y fue entonces cuando emergió en todo su esplendor la flexibilidad.

Podría pensarse que casi todo ha pasado a ser flexible: Las retribuciones, los horarios, el propio empleo, la localización, los traslados, las funciones, las herramientas, las vacaciones, los derechos, los deberes, los servicios públicos, la sanidad, la educación...

Pero el propio concepto es lo suficientemente ambiguo, para que pueda ser interpretado de manera diferente, dependiendo de a quien afecte. Incluso puede generar confusión: ¿Significa ser flexible, cuando uno es el capitán del barco que hunde, saltar por la borda antes que el resto del pasaje o de la tripulación? ¿Consiste en 'deslocalizar' la fabricación y trasladar la industria a países con costes y derechos laborales mínimos? ¿O se trata de enviar el dinero a paraísos fiscales para no pagar impuestos donde se obtienen los beneficios?

Y en este río revuelto, de cambios y más cambios, parece que los menos flexibles son quienes flexibilizan al resto, quienes no tienen otra capacidad reconocida que el don de la oportunidad, de encontrarse en el instante y lugar adecuados, para hacerse cargo de despropósitos ajenos y hacerlos pasar por esperanzas de futuro.

Porque nadie sabe en qué va a derivar el futuro; si no acabaremos todos, para sobrevivir, tratando de vendernos, los unos a los otros, servicios colectivos privatizados o aparatos fabricados en Asia, independientemente de la formación o experiencia adquiridas en el pasado.

El reto cotidiano consiste en ser lo suficientemente flexibles en las formas, para resistir el paso de esta nueva época, sin que acaben por desaparecer alguno de los imprescindibles valores que presumían de ser eternos y hoy brillan por su ausencia.

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