martes, 30 de mayo de 2017

Smet Guañac: First Nation (Primera Nación)

Hacía bastantes años que no me encontraba el Día de Canarias fuera del Archipiélago y esta circunstancia hace que vea la celebración desde una perspectiva distinta, sobre todo porque me encuentro de regreso de un viaje que va a marcar mi vida futura en muchos aspectos.

El viaje que estoy a punto de terminar me ha llevado por diferentes territorios situados al noroeste del continente americano, como son la Columbia Británica de Canadá y el Estado de Alaska, en EE UU. En ambos he encontrado un denominador común: la importancia que le dan a la cultura de los primeros pobladores de ese continente y que ocupaban esas tierras antes de que llegarán los colonizadores europeos. Esas sociedades reciben en ambos casos la denominación oficial de First Nation (Primera Nación).

No he tenido tiempo de averiguar cual es la situación real por la que atraviesan los descendientes de esas sociedades, pero si he constatado el valor institucional y de mercado que tienen los símbolos de su cultura y en especial los elaborados por los artesanos de esas comunidades. Incluso cotizan al alza las imitaciones de esos símbolos manufacturadas o fabricadas por las industrias de países del sureste asiático o China.

También me ha llamado la atención la revisión que hacen los artistas actuales de esos símbolos y que me parecen admirables, porque está realizada desde la empatía hacia estas culturas, manteniendo rasgos tradicionales y combinándolos con elementos de la modernidad mediante diferentes lenguajes expresivos.

No tengo ninguna queja de la labor de los artistas canarios en relación con los símbolos de la cultura guanche en Canarias en cualquiera de los ámbitos en los que han desarrollado sus propuestas: música, danza, teatro, cine, pintura, escultura... Pero todavía me parecen relativamente escasas respecto a lo que he podido contrastar en este viaje.

Donde no cabe comparación es en plano institucional, por la relevancia que se le otorga tanto a las manifestaciones originales de estas culturas como a su actualización a la realidad cotidiana y a los desafíos de la sociedad pluricultural del siglo XXI. Y no hace falta salirse de las carreteras para confirmarlo. Las propias señales de tráfico te llevan hacia esos espacios, donde encuentras centros de interpretacion o, como mínimo, paneles que ilustran e informan con todo lujo de detalles sobre la importancia y la aportación de estas sociedades al desarrollo humano.

Y he sentido envidia sana al verlo, porque en Canarias sólo he tenido una sensación similar de orgullo cuando visité el Museo y Parque Arqueológico de la Cueva Pintada de Gáldar, que nada tiene que envidiar a lo que he visto en estos países, pero que parece un oasis dentro de un gran desierto de ignorancia sobre una etapa muy importante e interesante del pasado de nuestras islas, donde la candidatura de Risco Caído y las Montañas Sagradas de Gran Canaria a ser declaradas por la Unesco como Patrimonio de la Humanidad puede ser el revulsivo que necesita nuestra sociedad para impulsar la investigación y el conocimiento sobre la cultura de los primeros pobladores de Canarias.

Me gustaría percibir en Tenerife una mayor implicación de las administraciones públicas y de sus gestores en la difusión de este tipo de contenidos, donde la principal referencia dentro de un entorno natural es privada y corresponde al Parque Etnográfico Pirámides de Güímar. No basta con tener un magnífico Museo de la Naturaleza y el Hombre, sino de poder hacer visitables (o cuanto menos interpretables) lugares como la Cueva de Bencomo en La Orotava o las piramides o majanos de Icod.

A mi no me resultan suficientes los actos que se organizan por el Día de Canarias. Me gustaría poder hacer participe a cualquier persona de cualquier país en cualquier momento de todo el contenido histórico y emocional que atesoran la palabra Canarias y la palabra Guanche.

sábado, 29 de abril de 2017

Tenerarife: Nieve cálida (relato)


Fue una sensación extraña, pero gratificante. Sucedió mientras podaba la viña. El termómetro coqueteaba con los treinta grados centígrados cuando sopló una brisa cálida del sur que arrastró algunas partículas blancas que se quedaban momentáneamente adheridas a la piel y dejaban el mismo rastro húmedo de los copos de nieve, con varias sutiles diferencias.

El cielo estaba despejado, pero no era la primera vez que sentía la nieve sobre la cara mientras brillaba el sol, cuando el aire arrastra los copos acumulados durante la nevada de la noche anterior sobre las copas y ramas de los pinos, creando una típica postal invernal que invita a un fraternal abrazo y al divertimento.

El olor era diferente. La fría nieve huele, no sabría describir a qué, pero huele. A mí me huele a recuerdos, aunque no de la infancia, donde lo más parecido que viví fueron las pequeñas bolas de hielo que caían con intensidad destructiva durante una granizada o las cenizas voladoras de las hogueras de San Juan. La fría nieve no parece destructiva, salvo cuando se acumula tanto que amenaza ser convertirse en alud. Huele a aventura... a esperanza... a futuro... a colchón extremadamente blando... a nube sólida y a la vez espumosa... pero también a aliento vaporoso y al propio sudor que se necesita para domesticarla o transitarla.

El olor que desprendían aquellas partículas blancas respondía a una fragancia también indescriptible, que nunca antes había percibido, ya fuera dentro de un frasco de perfume o al aire libre. Se trataba de un sutil aroma dulce, perfumado con la esencia de alguna flor que no podía identificar por su delicadeza, equiparable con el tacto que sugería.

En un momento me vi envuelto por aquellas partículas como si bailaran a mi alrededor con una sugerente danza que las dejaba exhaustas y caían desvanecidas al suelo vegetal, para crear una especie de edredón estampado de blanco pero ligeramente rosado, verde de hierba fresca, diferentes tonos de marrones térreos y salpicado por algunas pequeñas flores que combinaban pinceladas violetas y de rosa pastel.

Las partículas carecían del volumen de los copos de nieve, pero producían visualmente la misma sensación. Compensaban su delgadez con cierta curvatura a modo de hamaca que les ayudaba a jugar con la brisa como si fueran copos, levantándose del suelo y volviendo a ejecutar una y otra vez aquella danza visualmente tan atractiva, que tenía su propia banda sonora, intepretada por una gran variedad de glotones insectos zumbadores, un improvisado coro que tocaba un adagio interminable, en el que se solapaban los sonidos de múltiples solistas, causados por el alegre revoloteo que se precisa para sorber el delicioso néctar que se les ofrece, ataviados con trajes de polen multicolor.

Hasta en eso la fría nieve se escucha diferente, como silencio interrumpido por aves cazadoras, oportunistas o carroñeras, a ratos acompañado por los violines del viento suave y la percusión de los blandos impactos que se producen con la caída de la nieve acumulada en lo alto de árboles y tejados, y los agudos sopranos del goteo de los carámbanos.

Esta experiencia que tanto disfruté en aquellos instantes no provenía de la congelación del agua y de su expansión en el aire, sino de un proceso más complejo, más artístico, más limitado en el espacio y más efímero: la liberación de los pequeños pétalos de los cerezos reventados de flores, que eran invitados por la brisa a participar de aquel sugerente, primaveral y espectacular baile de la nieve cálida.

domingo, 23 de abril de 2017

Aridaman guesten: Caminos de cabras (relato)


Hubo un tiempo en el que un grupo de islas volcánicas rodeadas de océano se fue llenando de vida. Por el viento llegaron semillas y aves y por el mar llegaron reptiles náufragos que consiguieron sobrevivir a una larga travesía sobre troncos arrancados por temporales desde otras islas y alejadas orillas de los continentes más próximos. Hasta que se convirtieron en selvas prácticamente impenetrables.

Entonces llegó el ser humano en barcos de remo y vela, ayudado por las corrientes marinas y guiado por el sol, las estrellas y el humo de las erupciones que continuaban produciéndose en las islas. Desde el mar parecían el paraíso y las idealizaron: las llamaron Afortunadas, jardín de las mágicas Hespérides, Campos Elíseos o los restos dispersos de la mítica Atlántida.

Pero no resultó fácil domesticar aquella prodigiosa naturaleza y quienes quisieron o fueron obligados a asentarse en tan frondoso territorio necesitaron de la ayuda de algunos animales: cabras, ovejas de pelo corto, cochinos negros y puede que también pequeños ciervos. Con estos hervíboros, la cosa resultó más fácil, porque su voracidad contribuyo a limpiar las zonas desbrozadas para trazar los caminos y abrir espacios donde cultivar los cereales imprescindibles para poder llevar una alimentación sana y equilibrada.


Estos caminos y espacios creados y mantenidos por el ganado fueron y todavía son el lugar de juegos para muchas generaciones de niños isleños. En tiempos relativamente recientes, las cabras y ovejas transitaban pastoreadas por estos caminos de tierra por la mañana y al atardecer, en busca primero de lugares de pasto y, al término de la jornada, al tradicional lugar de refugio: juaclon, haron, cuevas, corrales, rediles o apriscos.

Las mujeres salían al camino con palanganas y cubos de agua para humedecer la tierra en verano y evitar aquella polvacera, que, al igual que el siroco, conseguía entrar a las casas aún con puertas y ventanas cerradas. El resto del año eran las nubes del alisio las encargadas de fijar las partículas mas finas y volátiles al suelo, al tiempo que creaban, gracias a una prolongada y fina lluvia, en surcos, hoyos y desniveles, los charcos canelos que luego los niños se dedicaban a esquivar de camino al colegio, mientras que al regreso eran el elemento propicio para jugar salpicando y embarrando a todo lo que se movía, a sabiendas del castigo posterior que eso iba a suponer y del sobresfuerzo de toda abnegada y sufrida madre por devolver el color original a unas prendas decoradas con los tintes parcialmente efímeros del camino.

A lo largo de las últimas décadas, muchos de estos caminos han sido cubiertos de asfalto y las pelotillas que dejaban los rebaños ruedan carretera abajo o esperan a ser aplastadas por los vehículos a motor, pero no se integran con la tierra ni se empastan con el polvo y la lluvia para dar mayor solidez al camino.


Y los niños que antaño jugaban con sus pies por el camino ahora lo hacen con las ruedas de sus modernos coches en carreteras y autopistas, aunque a más velocidad, esquivando baches, surcos, socavones, desconchones, grietas variopintas y todo tipo de irregularidades hacia abajo y hacia arriba, mientras alguno de los empresarios a los que se le adjudica el mantenimiento de estas vías vende los neumáticos que acaban destrozados al pasar por algunos tramos, que parecen haber sido rastrillados para que que la superficie sea más lija que lisa.

Las cabras ahora no abren los senderos, permanecen confinadas en algunas zonas rurales, donde los caminos son poco transitados pero parecen mejor conservados, quizá porque algunos vecinos deciden cubrir ellos mismos los agujeros que se forman delante de sus casas y fincas, con latas de conglomerado asfáltico, como antes lo hacían con carretillas de grava y picón.

En las islas donde los ganados trazaron primero y agrandaron después los senderos, ya no se hace camino al andar, como anhelaba el poeta Antonio Machado, se hace camino (además de fortuna y desdicha) al rodar... y rodar...

domingo, 26 de marzo de 2017

Temuno sahañen: Esclavos del dinero (relato)

Hacía rato que la claridad de la mañana teñía por dentro de naranja sus párpados cerrados, pero resultaba una sensación agradable y cálida que le invitaba seguir sumergido en el plácido sueño que invadía todo su cuerpo. Su mente vagaba libre, sin estar sometida a ninguna trama lógica o irracional urdida por aquel privilegiado y a la vez desaprovechado cerebro, que a veces se alojaba y otras se refugiaba en la cavidad craneal que también acogía a aquellos hipnotizadores ojos grises, que no tenían el más mínimo interés en comenzar a enfocar el entorno que les rodeaba.

Pasaron bastantes minutos hasta que la postura se hizo incómoda y hasta que la vejiga dio la primera intensa y perceptible señal de alarma de que necesitaba evacuar los líquidos filtrados durante el proceso nocturno.

Antes de levantarse el telón de los párpados, aquellos ojos cansados por tanta hiperactividad se prepararon para interpretar la presunta realidad que les esperaba. Habían sido muchos años de viajes no sólo por el planeta, sino también por el espacio-tiempo y por todos los rincones del universo imaginados. El jet-lag había sido su compañero inseparable en todos esos lugares, donde en ocasiones no se apreciaba ninguna luz, mientras que, en otras, quien no hacía acto de presencia era la oscuridad.

Unas veces se sorprendieron en lujosos hoteles y mansiones, otras en tiendas de campaña, en camarotes de barcos, en asientos de aviones, en el interior de naves interestelares, dentro de edificaciones imposibles o de burbujas en medio de paisajes asombrosamente extraños. Por eso, precavidos, se entreabrieron para comprobar que se encontraban en el mismo escenario que recordaban se habían cerrado la noche anterior.

Todo parecía permanecer en el mismo lugar, tal y como recordaba lo había dejado, excepto por un pequeño detalle: una revista. Por un momento pensó que quizá le había pasado anoche desapercibida, pero su cerebro volvió a procesar varias miles de veces toda la información disponible en unos pocos nanosegundos, por lo que la conclusión obtenida con un margen de error del 0,000001 por millón de posibilidades era que la revista no estaba allí la noche anterior.


La glándula de droga tranquilizadora suministró una pequeña dosis al cerebro, para impulsarle a pensar que quizá se tratara de un detalle del servicio de habitaciones del excepcional establecimiento donde se alojaba, consistente en dejar de madrugada la edición impresa más reciente e interesante de ese día, según el perfil de cada cliente, para que el huésped pudiera hojearla durante el desayuno.

Sin embargo, la glándula de la droga que provoca alarma rechazó esa hipótesis de manera inmediata, ya que esa práctica nunca se producía invadiendo la zona de descanso de los huéspedes. Estos coloridos y arcaicos papeles impresos solían venir junto con el desayuno, traídos por el servicio de habitaciones, una vez solicitado mediante el correspondiente aviso de encontrarse ya despierto y preparado para recibir a cualquier amable empleado o empleada.

La publicación no parecía un objeto amenazante, aunque su contenido puede que sí lo fuera, así que alongó el brazo hasta que su mano pudo cogerla y la aproximó hacia su cara hasta ver con cierta nitidez su portada. Era la última edición de la revista Forbes, que informaba sobre las novedades producidas en la lista de los hombres más ricos del planeta, lo que comenzó a preocuparle y provocó la salida de su mente todos los miedos acumulados en forma de fantasmas que había encarcelado a lo largo de su vida: ¿Habrán descubierto mi secreto? ¿Me habrán incluido en la lista? ¿Dejaré de ser una persona anónima? ¿Comenzaré a ser repudiado por quienes ahora dicen ser mis amigos y adulado por quien sólo quieren arrebatarme mi riqueza? ¿Si se sabe lo que soy habrá quien quiera asesinarme una noche cualquiera mientras duermo para robarme? ¿Por qué motivo y quién dejó cerca de mí esta revista?

Sus pulmones comenzaron a hiperventilar, pero la droga tranquilizante atenuó los efectos de la ansiedad y condujo a una de sus manos hacia sus gafas, para luego situarlas sobre su nariz y buscar las páginas donde se encontraba la información y la temida lista. Los titulares no dejaban lugar a dudas: se habían producido importantes cambios; pero luego, leyendo la letra pequeña, se podía comprobar se trataba de un mensaje sensacionalista para captar la atención.


Entre los diez primeros sólo se registraba la entrada de un relativamente joven emprendedor del sector tecnológico, que había conseguido multiplicar el valor de las acciones de su empresa en bolsa gracias a un impresionante crecimiento en las ventas. Los demás seguían ganando más dinero que el año anterior, pero no aumentaron porcentualmente tanto su fortuna como este joven, que se aupaba hasta el tercer lugar de la lista.

A medida que avanzaba en las páginas su tranquilidad iba en aumento: entre los cien primeros apenas había cambios y ni un solo negro. La mayoría eran viejos angloamericanos, británicos y europeos, entremezclados con asiáticos y algún que otro árabe. Siguió mirando hasta el final de la lista y se sintió aliviado: “¡No estoy!”

Terminó de incorporarse y retiró los cartones de diversa procedencia con los que se había cubierto la noche anterior para protegerse del frío de la calle y que también ejercieron de eficaz aislante y firme colchón. Se desperezó y estiró su cuerpo con toda su energía y echo un vistazo sonriente al carrito de supermercado que le acompañaba en esa etapa de su vida, rebosando libros de aventuras y ciencia-ficción que intercambiaba a diario con las personas que se encontraba a su paso, que le agasajaban, le invitaban a compartir sus vidas y bienes y con las que conversaba sobre literatura y todos sus mundos paralelos.

Entonces lanzó un enorme suspiro de alivio, entre el que se le escapó por la comisura de los labios un pensamiento contagioso: “¡No era la lista de los hombres más ricos del planeta, sino la de los mayores esclavos del dinero!”

domingo, 19 de marzo de 2017

Chamalon, coren ast coren, chamalon: Mujeres, hombres o viceversa

Este texto no trata sobre el programa de televisión titulado 'Mujeres, hombres y viceversa', aunque tengo que reconocer que lo poco que he visto de ese espacio de entretenimiento, calificado desde algunos sectores como telebasura, junto a algún que otro documental, ha ejercido en mí cierta influencia sobre la forma de abordar algunos aspectos relativos a las relaciones entre hombres y mujeres de este país y dentro del mundo civilizado, con el agravante de que tengo la impresión de que tendemos a parecernos cada vez más a quienes intervienen en el programa aludido y no al contrario, quizá por efecto de su millonaria audiencia.

Todo comienza con la celebración el día 8 de marzo del Día Internacional de la Mujer, cuando los medios de comunicación ofrecen diferentes informaciones sobre la situación de desigualdad laboral y de oportunidades que sufren las mujeres en diferentes ámbitos y territorios, pero sobre todo ante y entre las élites de poder.

Después, un amigo me comenta que no entiende porqué se ha cambiado el nombre de la celebración, que antes se llamaba Día Internacional de la Mujer Trabajadora, pero creo que la instauración de este día trasciende lo laboral y debe abarcar todos los ámbitos de la vida humana, para lo cual queda aún mucho camino por recorrer, tanto a las actuales como a las nuevas generaciones.

A raíz de esa celebración, me llega un vídeo, cuyo mensaje comparto, con una reflexión sobre violencia de género realizada por el periodista Iñaki Gabilondo en su blog http://blogs.elpais.com/la-voz-de-inaki, mientras los medios de comunicación siguen informando sobre nuevas víctimas mortales de la violencia machista, lo que significa que la alarma social no consigue que disminuyan los asesinatos por esta causa y que se necesitan nuevas medidas.

Entonces me vienen a la memoria algunos documentales sobre animales salvajes, donde los machos también matan a las hembras por una cuestión de superioridad física. Recuerdo con especial crueldad una secuencia en la que un león mata y luego devora a una leona que no le parecía lo suficientemente sumisa, en lo que parece una advertencia al resto de las hembras de la manada.

Algunos machos humanos reproducen estos comportamientos agresivos de otras especies, pero ¿no decimos ser mejores o superiores que el resto de los animales? Entonces ¿por qué nos matamos entre nosotros más que cualquier otra especie salvaje entre sí o eso es fruto de encontrarnos en la cúspide de la pirámide alimenticia? ¿El poder es siempre sinónimo de abuso?

Pero la violencia no se ejerce sólo con armas o con el uso de técnicas de ataque agresivo con partes del propio cuerpo, sino también con la palabra, difundiendo mentiras y falsos argumentos que tratan de destruir la vida de la persona o personas que son objetivos de los violentos, a través de poner en duda su reputación, tanto personal como profesional. A nivel doméstico, hemos conocido un intento reprobable en los últimos días, que espero no prospere y se vuelva contra sus instigadores, porque no ofende quien quiere, sino quien puede.

Por lo general, no me resultan extrañas, aunque sí aberrantes, algunas manifestaciones machistas realizadas por presuntos profesionales de la información que se ponen delante de un micrófono, una cámara o un teclado de ordenador sin intención de formar, informar o entretener, sino más bien denigrar a terceros, envenenar con odio a la audiencia y obtener rentabilidad económica con ello, cuando deberían cumplir unos mínimos criterios de rigor en sus comentarios y con el código deontológico que proporciona cierta credibilidad a la actividad periodística.

Habitualmente lo que se pretende con este tipo de polémicas es ganar protagonismo para obtener más audiencia y nuevos anunciantes, por eso no voy a citar a ninguno de los patéticos personajes de esta lamentable historia, pero sí voy a reproducir sus comentarios, porque considero denigran a la profesión periodística a la que pertenezco, tanto si la ejercen hombres como mujeres. Entre las insidias que dedican ambos (porque aunque uno es el que habla el otro asiente) a tres personas se encuentran "cortesanas de la gastronomía", "con escotito y apretaditas", "niñas que no saben ni coger los cubiertos", "mequetrefes", "culichiches", "que se han pasado su vida trepando y adulando a los directores de sus medios" y cuya "única manera de trepar es ponerse unos pantalones apretados".


No sé si conozco a las tres personas aludidas, pero los insultos y las 'ideas' que transpiran estas palabras hacia ellas me sugieren algunas preguntas que me inquietan: ¿El vestuario es una opción individual o colectiva? ¿Podemos elegir cada uno la forma de vestirnos sin temor a ser insultados? ¿Los vestidos apretados y los escotes incitan a los hombres a valorar mejor o a vejar a las mujeres? ¿Es posible trepar con pantalones ajustados? ¿Los directores de los medios de comunicación y otros responsables ascienden o dan mayor sueldo a las mujeres que mejor muestran sus atributos femeninos? ¿Los contertulios que difunden estas ideas se dejan influir en sus decisiones por los escotes y los pantalones apretados? ¿Son estas expresiones propias de un homo sapiens sapiens o quizá se encontraban poseídos en esos momentos por un diabólico espíritu irracional? ¿Es una prebenda ir a Madrid Fusión a realizar un trabajo informativo que se consigue con pantalones ajustados y otras 'artimañas'? ¿Está el presidente del Cabildo Carlos Alonso o alguno de sus colaboradores a favor de los escotes y pantalones ajustados? ¿Comparten las empresas para las que trabajan los contertulios sus manifestaciones? ¿Hasta donde han ascendido las mujeres aludidas porque no veo a muchas periodistas con cargos de responsabilidad en medios o en instituciones y las que conozco son magníficas profesionales, mejores que muchos hombres que han ocupado antes los mismos cargos?

Lo curioso de este asunto es que tras haberse convertido en noticia, van ambos individuos en redes sociales y no piden disculpas, sino que echan más leña al fuego. Uno de ellos escribe: "Ni soy machista ni lo he sido nunca. Una vez leído todo, será cuestión de aclarar 'la verdad' de las cosas. Y será pronto. No comparto los valores de los 'trepas', sean hombres o mujeres. Para triunfar en la vida no hay que acostarse con ningún jefe, y por eso se ha luchado mucho ¡Se va a liar una buena!”. Este comentario es reproducido por el otro tertuliano, que además añade: “Estas 'cortesanas de la gastronomía' de perversos valores que han maldecido al periódico El Día, y sus premios y publicaciones de gastronomía, les voy a cantar pronto cuatro cosas una por una. Son malas, malas compañeras y malas periodistas (como su mentor que les pagaba con dinero público) e incompetentes de solemnidad. Y a las cuatro rojas desquiciadas que entienden que acostarse con su jefe es la mejor manera de ascender, les voy a decir también otras cuatro cosas. Los valores del mundo de hoy, que son los que quiero para mi sobrina de 10 años, no son los que predican estas alegres mujeres que se creen que el mundo debe estar a sus pies como los hombres!!"

Ante estas afirmaciones, lo primero que me sale desde el revuelto de tripas que me producen es: ¡Guárdame un cachorro de tus valores, 'colega'! (los canarios sabemos lo que significa).

Una vez sereno, hago un poco de memoria y recuerdo que a lo largo de cerca de 30 años de trayectoria profesional he tratado con muchos directores y periodistas de ambos sexos, unos y unas más o menos guapos o guapas y mejor o peor vestidos, pero debo haber tenido mala suerte y nunca he conocido a ninguno o ninguna que responda a ese 'modelo' de director y de 'trepadora'. Casi todos los que conozco, a unos más y a otros menos, tienen defectos y virtudes, pero la mayoría trabaja muchas más horas que las que pone su contrato, sacrifican tiempo que deberían dedicar a la familia o al ocio para tratar de superarse en un contexto altamente competitivo y, a cambio, reciben críticas constantes desde todos los ámbitos a su labor, porque aunque intentan hacer lo mejor que pueden y saben, no son perfectos ni capaces de enterarse de todo ni de predecir el futuro. Aunque también reconozco que me he tropezado alguna vez con deshonrosas excepciones, que mayoritariamente suelen ser masculinas.

Lo triste de todo esto no son sólo los improperios o los abyectos comentarios machistas o sexistas, sino que también conozco decenas de periodistas sin empleo y otros tantos con salarios vergonzosos para un titulado universitario que serían capaces de hacer mejor el trabajo de estos tertulianos trogloditas, pero que han sido 'bendecidos' desde ciertas instancias políticas y empresariales para mantener vigente una ideología que impide que exista igualdad de oportunidades para todos y, especialmente, para los diferentes a ellos.

domingo, 19 de febrero de 2017

Ach guachinche xaxo: La momia del guachinche (relato)

El brezal está triste. Cerraron todos los guachinches del camino al terminarse el vino de la última cosecha. No se escucha la algarabía de las conversaciones solapadas por familias y amigos alrededor de una cuarta o media de aquel dulce elixir transparente y ligeramente dorado por los rayos del sol, que se acumularon primero en los racimos y luego fueron fermentados en la oscuridad, hasta adquirir el suave sabor afrutado que invita a disfrutar de la gastronomía local, de la vida, de los sueños, del amor...

Las varas de las parras están desnudas, a merced de las inclemencias del tiempo: del frío, de la lluvia gruesa y del viento habitado que las apedrea sin compasión. Pero ellas resisten junto a algunas hojas ocres, cobrizas y bermejas rebeldes, en espera de una poda benéfica que les permita hacer acopio de energías para volver a retar a la poderosa fuerza de la gravedad y ofrecer el fruto de su generosidad, con la ayuda de una primavera templada y de los calores del verano.

Muy pocos lo saben, pero no lejos de allí, en el camino atravesado, todavía permanece entreabierta la estrecha puerta que da acceso a un garaje de paredes blancas con alguna foto antigua colgada, sin coches aparcados ni distintivos externos. Dentro hay media docena de mesas cubiertas con manteles de hule, en los que se entrecruzan gruesas líneas blancas y rojas para formar un ejército de cuadrados. Alrededor de cada una, cuatro sillas metálicas con asientos cuadrados y respaldos rectangulares de formica antigua, en la que permanecen inalterados los falsos colores de madera oscura veteada, con bordes redondeados recubiertos por juntas de plástico negro adheridas al serrín prensado.

Hace años que el tiempo se paró dentro de aquel espacio, donde el vino se parece más a la sangre y las viejas bombillas, ajenas a la obsolescencia programada, iluminan la estancia con la misma discreción y sutileza que antaño lo hicieron las velas, que empaparon y oscurecieron con su humo una techumbre entrelazada por troncos y listones de centenaria y resistente madera, barnizando de tono sepia todo cuanto la mirada puede abarcar, a modo de fotografía antigua.

El vino de aquel camuflado guachinche primero te raspa como ácido el paladar y la garganta, para luego comenzar a acariciarlos, como si estuviera arrepentido por irrumpir tan brusco y quisiera reparar el posible daño causado con su suave dulzor, hasta que consigue anestesiar no sólo la boca, sino al resto de los sentidos, para acomodarlos al trance que invita a experimentar.

Entonces reparo que en la esquina más oscura se encuentra una figura humana inmóvil, en la que contrasta la blancura de las mangas y cuello de la camisa con la oscuridad del chaleco y del sombrero, que no deja apreciar las facciones de un rostro que apenas se vislumbraba en la penumbra. La luz sólo permite apreciar lo que está sobre el mantel: dos brazos apalancados en actitud relajada, entre los que se encuentra el vaso medio lleno o medio vacío de vino.

Las manos transmiten tranquilidad y resaltan entre la camisa y el mantel. Tienen la serenidad de quienes acarrean una importante historia de lucha y coraje detrás y nada les va a pillar por sorpresa. Son fuertes y huesudas, como si el músculo se hubiese adherido a aquella rugosa piel morena de brillo satinado, rematadas por uñas ligeramente amarillentas, más largas de lo habitual para un hombre y donde las de los meñiques se prolongan hasta alcanzar al resto.


¿Qué edad tendrá aquel hombre? ¿Podría ser centenario? ¿Y si fuera milenario? La imaginación se desborda ante aquella pregunta de respuesta imposible: si el formol es capaz de conservar los cuerpos durante un tiempo indefinido, ¿podría aquel vino-sangre mantener con vida a una persona por los siglos de los siglos amén? ¿Será este vino-sangre heredero del chacerquén medicinal guanche elaborado con la yoya mocanera? ¿Tendrá propiedades que incluyan cierta dosis de inmortalidad?

Antes de que pudiera seguir elucubrando de manera irracional, la mano diestra agarra el vaso y lo lleva con parsimonia hacia donde se perfila la boca, que parece sorber el mágico fluido, pero sin llegar a apreciarse ninguna diferencia de cantidad cuando vuelve a reposar sobre la mesa, como si sólo hubiera sido utilizado para hidratar los labios.

Quiero comentar lo percibido con mis acompañantes, pero en mi mesa no queda nadie sentado y cuando vuelvo la cabeza para mirar hacia aquel curioso personaje tampoco lo encuentro. Busco sin éxito, primero dentro y luego fuera, pero sigo solo. La puerta se cierra a mis espaldas y, desde entonces, cada vez que parpadeo espero que vuelva a aparecer una imagen más nítida de aquella persona, cuyas manos comparten el mismo color de piel que recuerdo haber visto en las momias guanches que exhiben los museos.

sábado, 11 de febrero de 2017

Guayota: Espíritu maligno

La mitología guanche atribuye al espíritu maligno Guayota la capacidad de avivar el fuego del Echeyde o infierno hasta llegar a fundir la roca, que se licuaría a causa del calor y correría montaña abajo en forma de ríos de lava, más lentos que rápidos en Canarias, pero que abrasarían igualmente todo cuanto encontraran a su paso.

Al contrario que los antiguos habitantes de estas islas, la figura de Guayota no me ha inspirado temor, sino más bien simpatía, quizá porque la asocié hace bastantes años a la escultura de diablillo que creo César Manrique como emblema del Parque Nacional de Timanfaya en Lanzarote.


También he tenido la suerte de no ser receptivo a determinados fenómenos sensoriales o emocionales, que sí perciben otras personas y que entran dentro de situaciones calificadas como paranormales o espirituales. Se trata de experiencias que no he podido observar, sufrir o disfrutar, pero cuando me las transmiten personas que aprecio, me merecen el mayor de los respetos, aunque no encuentre una explicación ni lógica, ni absurda, ni fantástica, ni estadística, ni afectiva, ni psíquica, ni mística.

Es tan poco lo que creemos saber sobre nosotros, el mundo, el universo, la materia y la energía oscuras, que la probabilidad de que lleguemos a conocer esta realidad a través del conocimiento es tan remota como aquellos que intentan encontrarle sentido a través de la fe o del consumo de sustancias estupefacientes, aunque si tengo que elegir, prefiero apostar por el conocimiento frente a los otras dos propuestas.

Sin embargo, durante las últimas semanas he tenido sendos encuentros, en fechas diferentes, con personas aparentemente normales, que me trasmitieron una gran capacidad para el odio y hasta llegué a sentir desde la cercanía en qué consiste la esencia de la maldad desatada, algo que tampoco me resultaba ajeno, aunque sí distante, ya que los informativos de televisión están plagados de noticias en las que la maldad, ya sea absoluta o relativa, se cobra víctimas inocentes, tanto individuales como colectivas, a través de la violencia más cruel.

Fueron dos rostros que desde el primer momento venían trazados con surcos de hostilidad y que poco a poco fueron verbalizando el descontento y las frustraciones acumuladas, dos cuerpos que buscaban una válvula de escape para estallar, aunque la presencia de público testigo parece que atenuó el impacto de su agresividad. Daba igual hablar o callar, ser amable o serio, existir frente a ambos era la escusa que necesitaban para proyectar su ira.

Sus respectivas agresiones no llegaron a ser físicas, sino inmateriales. Sentí algo así como una onda de energía, similar a la que recrean algunos efectos especiales que se ven en películas de acción o ciencia ficción, que impactaba contra mi cuerpo o el campo magnético que lo rodea. En un caso tuve la sensación que rebotaba, pero en la otra noté como si me invadiera, lo que provocó una reacción en mi cuerpo, centrada en mi estómago y en la cabeza, que se calentó y enrojeció en cuestión de instantes, como si tomara un largo trago de parra.

Tuve suerte de escapar sin moverme de mi sitio aunque permanecí vigilante, mientras deambulaban de un lado para otro en busca de venganza por aquello de lo que no tenía culpa alguna. Ninguna explicación era escuchada y ningún argumento resultaba convincente para aplacar su furia o para tranquilizar su estado de ánimo, más bien incrementaban su excitación porque no encontraban la forma de calmar lo que les estaba carcomiendo por dentro y ni las palabras ni los silencios servían como apagafuegos.

No creo que ambos hombres fueran malvados por naturaleza, posiblemente se trate de personas cariñosas con sus familias y amigos, trabajadores que han sido igual de castigados por la vida como la mayoría, saturados de insatisfacciones y derrotas cotidianas por errores propios y ajenos, que simplemente necesitaban alguna pequeña victoria para dar sentido a sus agotadoras vidas, pero que equivocaron el lugar, el momento y la persona ante la que obtenerla, al menos por ahora.

En esos momentos, me pasó por la mente una pregunta nunca formulada que me liberó de la tensión de la última escena: ¿Habrá algún exorcista en la sala? Entonces el silencio me dio la respuesta empírica que necesitaba: como pasa con cualquier profesional cualificado ¡nunca están cuando más se les necesitan!