domingo, 25 de marzo de 2018

Ayahirabi: Bajo el universo oscuro (relato inspirado en Stephen Hawking)

Desde que tuvo consciencia sabía que era un rebelde, pero no un rebelde cualquiera. Su rebeldía no consistía en pegar gritos o ponerse histérico, ni en ridiculizar a los demás con su agilidad mental o su inteligencia. Se trataba de una rebeldía silenciosa e interior, consistente en cumplir con lo que se le exigía académicamente y no contradecir a maestros y profesores mediocres que intentaban convertir en ignorantes perpetuos a sus compañeros de clase, a partir de un temario de conocimientos dictaminado por un conjunto de cerebros incapaces supervivientes de la postguerra.

Fue quemando etapas gracias a una prodigiosa memoria, que le permitía recordar sin recurrir a libros o apuntes toda la basura formativa que se vertía entre las cuatro paredes de cada una de sus aulas, hasta llegar a la prestigiosa universidad de su ciudad natal, que tampoco le ofreció el desarrollo intelectual que buscaba. Como había sucedido 750 años atrás con otros buscadores de la sabiduría, encontró refugio en la universidad rival y en algunos profesores que le guiaron en los estudios de postgrado junto a compañeros que también le ayudaron en sus proyectos de investigación.

Allí descubrió en sus propias carnes la importancia del tiempo, tanto en el ámbito personal como entre los vacíos del conocimiento de su época. Una enfermedad neurodegenerativa se había apoderado de su cuerpo y los expertos le diagnosticaron tan sólo dos años más de vida todavía en plena juventud. Pero una vez más se rebeló contra la ciencia que le vaticinó una muerte cercana y se resistió a la condena día a día, con la misma determinación con la que avanzó en sus estudios y análisis sobre el origen y el destino de nuestro universo.

Cincuenta y cinco años, tres hijos, dos matrimonios, importantes premios y distinciones (entre los que no se encuentra el Nobel como castigo a la osadía de contradecir los vaticinios de agoreros eruditos con despacho oficial), nuevas teorías y libros científicos después de la fatídica profecía sobre su mínima probabilidad de existencia, su cuerpo decidió que había llegado el momento de dejar de luchar, aunque su mente seguía tan activa e inquieta como siempre.

En esos momentos anteriores a que dejaran de llegar oxigeno y nutrientes a las células de su cerebro y ya sin capacidad de expresar lo que pensaba y sentía, recordó los momentos felices de una vida que nunca fue regalada sino luchada, menos breve de lo que le habían pronosticado pero igualmente corta, insuficiente para conseguir una mayor y mejor comprensión del universo.

Repasó sus conversaciones y debates sobre si el big bang inicial presuponía la existencia de un creador y como el poder transformador de la materia y la energía en los agujeros negros hacia la nada más absoluta parecían rebatir esta teoría. Entonces imaginó que el big bang no era una explosión, sino una eclosión, como la del embrión que vive dentro de un huevo hasta que rompe la membrana o el cascarón para salir y dar paso a un nuevo ser vivo que empieza a crecer y a desarrollarse. Un ser vivo que no se parece a nada que podamos conocer o representar en las dimensiones conocidas del espacio-tiempo, donde las estrellas serían como las neuronas dentro de un cuerpo, capaces de emitir y transmitirse energía unas a otras, como si estuvieran unidas por cuerdas, a través de las cuales ese universo ser vivo sentiría y percibiría tanto lo que lleva dentro como lo que se encuentra a su alrededor.

Dentro de esa nueva realidad, los agujeros negros podrían no ser tumores absorbentes de esa energía que acaban destruyendo todo lo que les rodea, sino más bien actuarían como óvulos que están siendo fecundados por la energía y el ADN de galaxias como nuestra Vía Láctea, para dar lugar a un nuevo ser vivo más complejo y mejor adaptado para resistir a la materia y a la energía oscura que parecen representar el 96 por ciento del universo.

Entonces la vida sería diferente a como la concebimos actualmente. Sería la manera más inteligente de organizarse la materia y la energía de la que estamos compuestos y todas las estructuras, constelaciones, galaxias, sistemas, estrellas, planetas, satélites, cometas, asteroides, nebulosas y otras formas que desconocemos pero que existen obedecen a ese principio, que puede ser o no el inicio de algo, pero que no está programado, sino que su éxito depende de la balanza de fuerzas que colaboran y se contraponen dentro de lo que apreciamos como nuestro universo, lo mismo que actúa la selección natural dentro de nuestro pequeño planeta, donde a veces se sobrevive por azar y otras por adaptación y donde la enfermedad y la muerte acechan a cada instante…

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