sábado, 6 de enero de 2018

Fasabino Acahaeno Menceyen: Navidad, Año Nuevo y Reyes (relato)

Volvían a ser tiempos duros. No como los de antaño, pero igual de difíciles y complicados, con el agravante de que no afectaban a todos o a una gran mayoría, sino que se cebaban de manera dramática en unos pocos millares de familias, dispersas y diseminadas por toda la geografía del envidiado archipiélago de una antigua eterna primavera, cada vez más desaparecida bajo el manto de la calima.

Cuando sobrevino la última crisis se sufrió mucho, pero funcionaron las viejas estructuras solidarias creadas en los tiempos de la guerra y la posguerra, precisamente aquellas que eran sostenidas por los abuelos y consideradas obsoletas por los jóvenes y rémoras para el progreso y para la creación de una sociedad futura más próspera por parte de la autoridad incompetente.

A diferencia de entonces, cuando se empeñaban en negarlo todo y culpar a la gente humilde de avariciosos y de haber abusado de la confianza de los propietarios del dinero, los voceros de los poderosos no dejan de anunciar ahora una nueva era de abundancia en la escasez de la mayoría, de expansión económica dentro de una falsa austeridad, de empleos estables basados en contratos precarios, que van a permitir disfrutar de financiación para adquirir nuevos productos y servicios a bajo coste a cualquiera que tenga ganas de trabajar.

Pero las miles de personas que tuvieron que recibir el apoyo solidario de sus compañeros de otras profesiones por su carencia de ingresos trabajan y tienen ganas de trabajar y se dejan la salud en las tareas que desempeñan, aunque no estén entusiasmadas con la labor encomendada, porque tampoco disponen de muchas otras opciones. Cuando fueron jóvenes y tenían que dedicarse a estudiar no dispusieron de la estabilidad necesaria ni el apoyo para hacerlo, sobre todo cuando sus mentes abandonaban en busca de emociones imaginarias las cuatro paredes donde se memorizaba o copiaba todo lo necesario para obtener un título que les abriera las puertas a una ocupación cualificada.

Ese abandono podría haber tenido castigo, pero en cambio tenía el premio de un primer salario que permitía ayudar en casa, convertirse en adulto teóricamente responsable en plena adolescencia y darse algún pequeño capricho vedado a los que seguían estudiando y dependiendo de unos padres angustiados por otras letras y números diferentes de los que agobiaban a sus hijos en colegios, institutos o universidades. Con aquellas y estas mínimas retribuciones por hora trabajada fueron capaces de formar familias, levantar hipotecados hogares y celebrar fiestas como las que se avecinaban, pero a las que en estos momentos no podían hacer frente, como dicen que les sucedió a María y a José cuando nació Jesucristo en un pesebre de la aldea palestina de Belén.

Tiempos difíciles que durante los años siguientes se cree que fueron superados por aquella familia, como ocurrió mucho tiempo atrás con los supervivientes de los helados territorios del norte, cuando el gran volcán abierto en medio del océano por el martillo de Thor esparció ceniza por todo el hemisferio durante varios años, en los que apenas se diferenciaba el día de la noche y sólo podían alimentarse gracias al fuego con el que derretían y cocinaban la carroña congelada. Hasta que el volcán dejo de echar humo, las nubes se disiparon y la luz solar volvió a ocupar el lugar que le corresponde en el ciclo de la vida. Aquella experiencia quedó fijada en las células madre de aquellas tribus y fue transmitida a cada nueva generación, para que nunca olvidaran encender fuegos y hacer ofrendas y sacrificios a los dioses para agradecerles que no volvieran a apagar el cielo y pusieran un poco de luz en sus vidas tras la noche más larga.

Como en anteriores épocas, los sufrimientos recientes quedan fijados en futuras células madre con marcadores activos que fortalecerán a los nuevos nacidos no sólo ante la adversidad, sino especialmente ante la desigualdad, aquella que permite a un indultado empresario delincuente dejar de pagar durante meses a sus trabajadores, mientras él y su familia siguen disfrutando de lujos sostenidos gracias a cuantiosos contratos pagados por los habitantes de afortunadas islas a través de sus administraciones públicas.

Así, las próximas generaciones, dotadas con los mejorados anticuerpos contra la desigualdad, realizarán ofrendas navideñas virtuales a los dioses del consumismo por internet o en centros comerciales construidos sobre suelo rústico recalificado de manera prevaricadora y malversadora reconocidas mediante sentencia firme plurirrecurrida e incumplida, para no enojar a los misericordiosos generadores de riqueza y que permitan al resto de los mortales degustar las migajas de su seductor comportamiento, cebando así a sagrados empresarios y políticos fraudulentos para que se lleven su botín a paraísos fiscales y sacrificando derechos sociales en magnas ceremonias oficiadas en templos democráticos, contentos todos de encumbrar en los altares del poder divino a seres superiores por su dominio de las bellas artes de la farsa, la indecencia y la ignominia, como las clásicas y ancestrales deidades paganas.

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