sábado, 29 de abril de 2017

Tenerarife: Nieve cálida (relato)


Fue una sensación extraña, pero gratificante. Sucedió mientras podaba la viña. El termómetro coqueteaba con los treinta grados centígrados cuando sopló una brisa cálida del sur que arrastró algunas partículas blancas que se quedaban momentáneamente adheridas a la piel y dejaban el mismo rastro húmedo de los copos de nieve, con varias sutiles diferencias.

El cielo estaba despejado, pero no era la primera vez que sentía la nieve sobre la cara mientras brillaba el sol, cuando el aire arrastra los copos acumulados durante la nevada de la noche anterior sobre las copas y ramas de los pinos, creando una típica postal invernal que invita a un fraternal abrazo y al divertimento.

El olor era diferente. La fría nieve huele, no sabría describir a qué, pero huele. A mí me huele a recuerdos, aunque no de la infancia, donde lo más parecido que viví fueron las pequeñas bolas de hielo que caían con intensidad destructiva durante una granizada o las cenizas voladoras de las hogueras de San Juan. La fría nieve no parece destructiva, salvo cuando se acumula tanto que amenaza ser convertirse en alud. Huele a aventura... a esperanza... a futuro... a colchón extremadamente blando... a nube sólida y a la vez espumosa... pero también a aliento vaporoso y al propio sudor que se necesita para domesticarla o transitarla.

El olor que desprendían aquellas partículas blancas respondía a una fragancia también indescriptible, que nunca antes había percibido, ya fuera dentro de un frasco de perfume o al aire libre. Se trataba de un sutil aroma dulce, perfumado con la esencia de alguna flor que no podía identificar por su delicadeza, equiparable con el tacto que sugería.

En un momento me vi envuelto por aquellas partículas como si bailaran a mi alrededor con una sugerente danza que las dejaba exhaustas y caían desvanecidas al suelo vegetal, para crear una especie de edredón estampado de blanco pero ligeramente rosado, verde de hierba fresca, diferentes tonos de marrones térreos y salpicado por algunas pequeñas flores que combinaban pinceladas violetas y de rosa pastel.

Las partículas carecían del volumen de los copos de nieve, pero producían visualmente la misma sensación. Compensaban su delgadez con cierta curvatura a modo de hamaca que les ayudaba a jugar con la brisa como si fueran copos, levantándose del suelo y volviendo a ejecutar una y otra vez aquella danza visualmente tan atractiva, que tenía su propia banda sonora, intepretada por una gran variedad de glotones insectos zumbadores, un improvisado coro que tocaba un adagio interminable, en el que se solapaban los sonidos de múltiples solistas, causados por el alegre revoloteo que se precisa para sorber el delicioso néctar que se les ofrece, ataviados con trajes de polen multicolor.

Hasta en eso la fría nieve se escucha diferente, como silencio interrumpido por aves cazadoras, oportunistas o carroñeras, a ratos acompañado por los violines del viento suave y la percusión de los blandos impactos que se producen con la caída de la nieve acumulada en lo alto de árboles y tejados, y los agudos sopranos del goteo de los carámbanos.

Esta experiencia que tanto disfruté en aquellos instantes no provenía de la congelación del agua y de su expansión en el aire, sino de un proceso más complejo, más artístico, más limitado en el espacio y más efímero: la liberación de los pequeños pétalos de los cerezos reventados de flores, que eran invitados por la brisa a participar de aquel sugerente, primaveral y espectacular baile de la nieve cálida.

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