domingo, 23 de abril de 2017

Aridaman guesten: Caminos de cabras (relato)


Hubo un tiempo en el que un grupo de islas volcánicas rodeadas de océano se fue llenando de vida. Por el viento llegaron semillas y aves y por el mar llegaron reptiles náufragos que consiguieron sobrevivir a una larga travesía sobre troncos arrancados por temporales desde otras islas y alejadas orillas de los continentes más próximos. Hasta que se convirtieron en selvas prácticamente impenetrables.

Entonces llegó el ser humano en barcos de remo y vela, ayudado por las corrientes marinas y guiado por el sol, las estrellas y el humo de las erupciones que continuaban produciéndose en las islas. Desde el mar parecían el paraíso y las idealizaron: las llamaron Afortunadas, jardín de las mágicas Hespérides, Campos Elíseos o los restos dispersos de la mítica Atlántida.

Pero no resultó fácil domesticar aquella prodigiosa naturaleza y quienes quisieron o fueron obligados a asentarse en tan frondoso territorio necesitaron de la ayuda de algunos animales: cabras, ovejas de pelo corto, cochinos negros y puede que también pequeños ciervos. Con estos hervíboros, la cosa resultó más fácil, porque su voracidad contribuyo a limpiar las zonas desbrozadas para trazar los caminos y abrir espacios donde cultivar los cereales imprescindibles para poder llevar una alimentación sana y equilibrada.


Estos caminos y espacios creados y mantenidos por el ganado fueron y todavía son el lugar de juegos para muchas generaciones de niños isleños. En tiempos relativamente recientes, las cabras y ovejas transitaban pastoreadas por estos caminos de tierra por la mañana y al atardecer, en busca primero de lugares de pasto y, al término de la jornada, al tradicional lugar de refugio: juaclon, haron, cuevas, corrales, rediles o apriscos.

Las mujeres salían al camino con palanganas y cubos de agua para humedecer la tierra en verano y evitar aquella polvacera, que, al igual que el siroco, conseguía entrar a las casas aún con puertas y ventanas cerradas. El resto del año eran las nubes del alisio las encargadas de fijar las partículas mas finas y volátiles al suelo, al tiempo que creaban, gracias a una prolongada y fina lluvia, en surcos, hoyos y desniveles, los charcos canelos que luego los niños se dedicaban a esquivar de camino al colegio, mientras que al regreso eran el elemento propicio para jugar salpicando y embarrando a todo lo que se movía, a sabiendas del castigo posterior que eso iba a suponer y del sobresfuerzo de toda abnegada y sufrida madre por devolver el color original a unas prendas decoradas con los tintes parcialmente efímeros del camino.

A lo largo de las últimas décadas, muchos de estos caminos han sido cubiertos de asfalto y las pelotillas que dejaban los rebaños ruedan carretera abajo o esperan a ser aplastadas por los vehículos a motor, pero no se integran con la tierra ni se empastan con el polvo y la lluvia para dar mayor solidez al camino.


Y los niños que antaño jugaban con sus pies por el camino ahora lo hacen con las ruedas de sus modernos coches en carreteras y autopistas, aunque a más velocidad, esquivando baches, surcos, socavones, desconchones, grietas variopintas y todo tipo de irregularidades hacia abajo y hacia arriba, mientras alguno de los empresarios a los que se le adjudica el mantenimiento de estas vías vende los neumáticos que acaban destrozados al pasar por algunos tramos, que parecen haber sido rastrillados para que que la superficie sea más lija que lisa.

Las cabras ahora no abren los senderos, permanecen confinadas en algunas zonas rurales, donde los caminos son poco transitados pero parecen mejor conservados, quizá porque algunos vecinos deciden cubrir ellos mismos los agujeros que se forman delante de sus casas y fincas, con latas de conglomerado asfáltico, como antes lo hacían con carretillas de grava y picón.

En las islas donde los ganados trazaron primero y agrandaron después los senderos, ya no se hace camino al andar, como anhelaba el poeta Antonio Machado, se hace camino (además de fortuna y desdicha) al rodar... y rodar...

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