domingo, 26 de marzo de 2017

Temuno sahañen: Esclavos del dinero (relato)

Hacía rato que la claridad de la mañana teñía por dentro de naranja sus párpados cerrados, pero resultaba una sensación agradable y cálida que le invitaba seguir sumergido en el plácido sueño que invadía todo su cuerpo. Su mente vagaba libre, sin estar sometida a ninguna trama lógica o irracional urdida por aquel privilegiado y a la vez desaprovechado cerebro, que a veces se alojaba y otras se refugiaba en la cavidad craneal que también acogía a aquellos hipnotizadores ojos grises, que no tenían el más mínimo interés en comenzar a enfocar el entorno que les rodeaba.

Pasaron bastantes minutos hasta que la postura se hizo incómoda y hasta que la vejiga dio la primera intensa y perceptible señal de alarma de que necesitaba evacuar los líquidos filtrados durante el proceso nocturno.

Antes de levantarse el telón de los párpados, aquellos ojos cansados por tanta hiperactividad se prepararon para interpretar la presunta realidad que les esperaba. Habían sido muchos años de viajes no sólo por el planeta, sino también por el espacio-tiempo y por todos los rincones del universo imaginados. El jet-lag había sido su compañero inseparable en todos esos lugares, donde en ocasiones no se apreciaba ninguna luz, mientras que, en otras, quien no hacía acto de presencia era la oscuridad.

Unas veces se sorprendieron en lujosos hoteles y mansiones, otras en tiendas de campaña, en camarotes de barcos, en asientos de aviones, en el interior de naves interestelares, dentro de edificaciones imposibles o de burbujas en medio de paisajes asombrosamente extraños. Por eso, precavidos, se entreabrieron para comprobar que se encontraban en el mismo escenario que recordaban se habían cerrado la noche anterior.

Todo parecía permanecer en el mismo lugar, tal y como recordaba lo había dejado, excepto por un pequeño detalle: una revista. Por un momento pensó que quizá le había pasado anoche desapercibida, pero su cerebro volvió a procesar varias miles de veces toda la información disponible en unos pocos nanosegundos, por lo que la conclusión obtenida con un margen de error del 0,000001 por millón de posibilidades era que la revista no estaba allí la noche anterior.


La glándula de droga tranquilizadora suministró una pequeña dosis al cerebro, para impulsarle a pensar que quizá se tratara de un detalle del servicio de habitaciones del excepcional establecimiento donde se alojaba, consistente en dejar de madrugada la edición impresa más reciente e interesante de ese día, según el perfil de cada cliente, para que el huésped pudiera hojearla durante el desayuno.

Sin embargo, la glándula de la droga que provoca alarma rechazó esa hipótesis de manera inmediata, ya que esa práctica nunca se producía invadiendo la zona de descanso de los huéspedes. Estos coloridos y arcaicos papeles impresos solían venir junto con el desayuno, traídos por el servicio de habitaciones, una vez solicitado mediante el correspondiente aviso de encontrarse ya despierto y preparado para recibir a cualquier amable empleado o empleada.

La publicación no parecía un objeto amenazante, aunque su contenido puede que sí lo fuera, así que alongó el brazo hasta que su mano pudo cogerla y la aproximó hacia su cara hasta ver con cierta nitidez su portada. Era la última edición de la revista Forbes, que informaba sobre las novedades producidas en la lista de los hombres más ricos del planeta, lo que comenzó a preocuparle y provocó la salida de su mente todos los miedos acumulados en forma de fantasmas que había encarcelado a lo largo de su vida: ¿Habrán descubierto mi secreto? ¿Me habrán incluido en la lista? ¿Dejaré de ser una persona anónima? ¿Comenzaré a ser repudiado por quienes ahora dicen ser mis amigos y adulado por quien sólo quieren arrebatarme mi riqueza? ¿Si se sabe lo que soy habrá quien quiera asesinarme una noche cualquiera mientras duermo para robarme? ¿Por qué motivo y quién dejó cerca de mí esta revista?

Sus pulmones comenzaron a hiperventilar, pero la droga tranquilizante atenuó los efectos de la ansiedad y condujo a una de sus manos hacia sus gafas, para luego situarlas sobre su nariz y buscar las páginas donde se encontraba la información y la temida lista. Los titulares no dejaban lugar a dudas: se habían producido importantes cambios; pero luego, leyendo la letra pequeña, se podía comprobar se trataba de un mensaje sensacionalista para captar la atención.


Entre los diez primeros sólo se registraba la entrada de un relativamente joven emprendedor del sector tecnológico, que había conseguido multiplicar el valor de las acciones de su empresa en bolsa gracias a un impresionante crecimiento en las ventas. Los demás seguían ganando más dinero que el año anterior, pero no aumentaron porcentualmente tanto su fortuna como este joven, que se aupaba hasta el tercer lugar de la lista.

A medida que avanzaba en las páginas su tranquilidad iba en aumento: entre los cien primeros apenas había cambios y ni un solo negro. La mayoría eran viejos angloamericanos, británicos y europeos, entremezclados con asiáticos y algún que otro árabe. Siguió mirando hasta el final de la lista y se sintió aliviado: “¡No estoy!”

Terminó de incorporarse y retiró los cartones de diversa procedencia con los que se había cubierto la noche anterior para protegerse del frío de la calle y que también ejercieron de eficaz aislante y firme colchón. Se desperezó y estiró su cuerpo con toda su energía y echo un vistazo sonriente al carrito de supermercado que le acompañaba en esa etapa de su vida, rebosando libros de aventuras y ciencia-ficción que intercambiaba a diario con las personas que se encontraba a su paso, que le agasajaban, le invitaban a compartir sus vidas y bienes y con las que conversaba sobre literatura y todos sus mundos paralelos.

Entonces lanzó un enorme suspiro de alivio, entre el que se le escapó por la comisura de los labios un pensamiento contagioso: “¡No era la lista de los hombres más ricos del planeta, sino la de los mayores esclavos del dinero!”

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