sábado, 19 de noviembre de 2016

Cairamon: Mochilas


Hace unos pocos días tuve que aparcar mi coche cerca de un centro escolar de Santa Cruz de Tenerife, en el que cuando era joven solía practicar en sus instalaciones baloncesto y una singular modalidad de fútbol pobre, que llamábamos futbito, consistente en jugar en un campo de tierra sin líneas marcadas y con unas dimensiones y porterías parecidas a las que se precisan para el balonmano.

Sabía que era un colegio por esa experiencia y vecindad, porque desde fuera el edificio parece una fortaleza inexpugnable por sus elevados muros y porque en una de sus entradas aún se conservan garitas de vigilancia que recuerdan su pasado como sede de una importante base naval, lo que no me parece negativo, sino todo lo contrario, ya que estoy a favor del reciclaje de instalaciones militares para uso social o civil, y más aún si se trata de centros educativos o sanitarios.

Eran las cinco y media de la tarde y todavía merodeaban por los alrededores algunos padres y madres con sus hijos, dentro o camino de los coches, la mayoría tomado algo de merienda y preparándose para nuevas actividades. Lo que me sorprendió es que algunos niños y niñas con edades que no superaban los siete u ocho años volvían a entrar al colegio, aparentemente no demasiado contentos o acusando cierta fatiga, cargados con unas voluminosas mochilas, que aparentaban ser más grandes que sus propios cuerpos.

La parte metafórica de mi mente los asimiló como una especie de caracoles uniformados de blanco y azul, cuya concha en espiral adquiría un aspecto multicolor, como si un grafitero se hubiera dedicado a colorear cada superficie con una propuesta cromática distinta, pero todas visualmente impactantes y prácticamente fosforescentes.

La imagen quedó ahí hasta que vino a mi encuentro otra más intensa aún: una joven y bella madre vestida con una indumentaria deportiva ceñida, que portaba de manera inverosímil sobre sus brazos y espalda cuatro o cinco de aquellos caparazones artística y brillantemente decorados, mientras salían corriendo liberados, en una dirección para mí desconocida, un grupo de chiquillos también con ropa blanca y azul.

Y entonces comenzaron a brotar de mi mente preguntas: ¿Estamos dando a nuestros niños y niñas la educación que necesitan para el futuro que les espera? ¿Son necesarias esas mochilas? ¿Qué hay dentro de esas mochilas? ¿Se puede prescindir del contenido de esas mochilas? ¿Tienen que llevar los niños esas mochilas? ¿Es bueno para su desarrollo físico y mental cargar con esas mochilas? ¿Cargamos todos hasta nuestra muerte con mochilas reales o imaginarias? ¿Es la mochila una seña de identidad de nuestra sociedad desarrollada?

Algunos recuerdos me vinieron a la memoria para ayudarme a responder a alguna de esas preguntas. El primero, procedía de mi infancia, cuando también cargaba libros y apuntes en una bolsa deportiva de plástico que llevaba al hombro, porque, por culpa de tener las manos en los tirantes de una mochila, dejé, al caerme, parte de uno de mis dientes clavado en el asfalto que rodea la iglesia de La Concepción de La Laguna, cerca de la casa de la Cruz Roja, donde lo puede visitar durante bastantes años.

El siguiente recuerdo que acudió en mi ayuda fue una entrevista que había visto en televisión al filósofo, escritor y pedagogo José Antonio Marina, en la que decía que las nuevas generaciones, para sobrevivir en el complejo futuro que nos espera, tenían que comenzar a construirse desde muy temprana edad una 'mochila virtual', en la que debían ir almacenando todos sus conocimientos y experiencias, para recurrir a ellos cuando los precisaran, ya que sería imposible almacenarlos todos en la memoria para afrontar con éxito los retos y transformaciones que van a vivir.

Entonces, si todos nuestros conocimientos útiles a lo largo de una vida caben en un 'pen-drive', en la nube o en un disco duro de un terabyte... ¿Para qué necesitan los niños y niñas llevar mochilas a clase? Salvo que se trate de ropa para cambiarse antes o después de una actividad física o deportiva o de toallas para secarse después, ¿qué sentido tiene llevar mochilas convencionales en el siglo XXI?

Por una feliz coincidencia, la respuesta definitiva a mis interrogantes me la aportó un humilde aunque muy leído y escuchado intelectual canario, el escritor y profesor Víctor Ramírez, en la presentación de su última novela, titulada 'Guirres sin alas', que voy a comenzar a devorar en los próximos días.


Para Víctor Ramírez, los actuales libros de texto escolares son un conjunto de aberraciones que malforman y deforman el pensamiento y el conocimiento de niños y jóvenes. Que en su experiencia como maestro de Primaria y catedrático de Secundaria ha constatado como mentes brillantes han estado a punto de malograrse por culpa de una deficiente estructura educativa y yo también puedo dar fe de ello en mi entorno más cercano. Que se hace creer que son tontas a personas inteligentes y que los libros de texto no deben usarse para ser memorizados, sino para servir de guía, para que sean los propios alumnos quienes descubran los conocimientos que deben adquirir para tener un mejor futuro. Y lo que me sorprendió aún más, es que todo el saber imprescindible relacionado con el buen uso del lenguaje o de las matemáticas, cabe en un par de libros de bolsillo, que pueden leerse, comprenderse o consultarse en el asiento de una guagua, del tranvía o en el banco de un parque, paseo o plaza.

Y son esos conocimientos básicos, explicados de manera sencilla, los que, sumados a nuestras propias inquietudes, pueden transportarnos a la dimensión del auténtico aprendizaje, a sumergirnos en la apasionante aventura de descubrir cosas, ideas, sensaciones y expresiones nuevas cada día, en lugares y momentos insospechados, a través de modestas pero excepcionales personas anónimas, hasta que lleguemos al último instante y podamos descargar definitivamente esa atiborrada aunque liviana mochila de experiencias, sentimientos y conocimientos, con la satisfacción de haber disfrutado y compartido una vida plena.

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