sábado, 1 de octubre de 2016

Isidoro forrestil: Agente Isidoro (ficción)


El teléfono móvil de última generación comenzó a vibrar sobre el cristal de una de las mesitas cercanas a la piscina de aquella lujosa mansión caribeña, que también soportaba un martini seco, mezclado no agitado, y un daikiri, ambos sin posavasos, lo que amplificaba el zumbido hasta producir un tintineo desagradable.

Un masculino brazo de vello cano se descuelga perezoso desde la hamaca más próxima para agarrarlo con sus torpes dedos y llevarlo hasta la otra mano y frente a unas gafas de sol de marca impronunciablemente elitista, soportadas por una ancha nariz achatada bajo la que unos labios carnosos emiten un suspiro de desesperación y se preparan para hablar.

- ¿Sí?
- ¡Isidoro, tienes que volver!
- ¿Sabes que estoy jubilado? ¿No?
- ¡Te necesitamos!
- Estoy viejo y retirado. ¿No hay otro?
- Nadie como tú para hacer este trabajo.
- ¿Y qué gano yo?
- Pide lo que quieras
- Ya lo tengo todo y a la vez no tengo nada, o casi nada. ¡Disfruto de la vida perfecta!
- Entonces hazlo por mantener tu situación actual... Y para cumplir la promesa que le hiciste al capitán Carlos...

Se hizo el silencio durante unos instantes, en los que dio tiempo de sobra para que aquella mente recordara cómo había llegado hasta allí y cómo había empezado todo, a comienzos de la década de los 60, cuando cumplía el servicio militar dentro de las milicias universitarias, en los meses de verano, durante los años en los que estudiaba la carrera de Derecho. Desde ese día en el que fue llamado por el capitán Carlos a su despacho, donde se presentó de inmediato para ponerse firme y a la orden.

- ¡Descanse alférez! Jesús, su tutor del SEU, me ha dado muy buenas referencias suyas y espero que no me defraude.
- ¡Nunca, mi capitán!
- Me alegra oírlo, porque tengo que hacerle una pregunta importante: ¿Qué está dispuesto usted a hacer por su Patria?
- ¡Todo, mi capitán!
- Entonces es usted la persona perfecta para esta misión.
- ¿Qué tengo que hacer, mi capitán?
- Ahora mismo nada, pero en cuanto termines tu servicio militar vas a infiltrarte entre los enemigos del régimen.
- ¿Cómo, mi capitán?
- Simplemente vas a aproximarte a los grupos socialistas y comunistas de tu facultad y esperas a que te ofrezcan la posibilidad de ser uno más de ellos. Harás lo que te digan que hagas y nosotros iremos contactando contigo para que nos informes y darte instrucciones, cuando sea necesario. No te preocupes, que no vamos a poner en peligro tu vida, ni vamos a desarticular ninguna célula en la que te integres con la información que nos facilites. Te queremos para acciones más a largo plazo, tu servicio a la Patria no va a terminar aquí, sino que esperamos grandes cosas de ti. Vas a tener una responsabilidad muy grande si sabes acatar las órdenes como hasta ahora y hacer bien tu trabajo. ¿Estás conforme?
- ¡Sí, mi capitán!
- Pues ¡retírese!
- ¡Sí, mi capitán!
- ¡Ah! Se me olvidaba. Mañana recoges tus cosas y haces con tu tiempo lo que quieras hasta que tengas que volver a la universidad. Y no regreses por aquí hasta el día que tengas que recoger la cartilla militar con el sello que acredita que has terminado el servicio con el grado de alférez. Y no olvides nunca, ¡NUNCA! aunque ya no vuelvas a empuñar un arma, que eres un oficial del ejército y debes tener una conducta ejemplar y servir siempre a tu país.

Desde aquel día no había vuelto a ver ni escuchar al capitán Carlos, pero lo seguía sintiendo como un mentor que le había guiado desde la sombra por un camino que jamás pensó transitar y que le había llevado a las más altas instancias del Estado, a convencer a millones de personas que era el líder perfecto para llevarles hacia la modernidad y que le habían sostenido con sus votos en lo más alto durante catorce años.

- ¿Y bien? ¿Qué decides? -interrumpió la voz al otro lado del teléfono.
- Cuenta conmigo. Pero ya no soy el de antes, y si algo sale mal, no me lo reproches.

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