domingo, 4 de septiembre de 2016

Penélope ach setzize: La araña Penélope (relato intrascendente)

Hace unas semanas una araña se vino a instalar en el retrovisor izquierdo de mi coche. Al principio, opté por desarmarle la tela que tejía para darle a entender que aquel sitio no era el más apropiado para vivir, pero cada mañana, antes de salir al trabajo, me volvía a encontrar la tela en el mismo lugar y cada vez mejor fijada a la carrocería y mejor trenzada.

Al cabo de unos días, decidí dejar que la araña comprobara los efectos sobre su tela de los vientos que soplan en la autopista y de la propia velocidad del coche cuando corre a más de cien kilómetros por hora sobre el asfalto. Después de unos cuantos viajes, he podido comprobar que la tela no se rompe ni se suelta, sino que se enreda, al igual que lo haría una hamaca dentro de un túnel del viento durante veinte minutos.

Además, al terminar el viaje de ida y tras aparcar el vehículo, se recogen mecánicamente los retrovisores para evitar que alguien pueda desprenderlos al tropezar con ellos, con lo que la tela queda destensada durante unas ocho horas, a merced del intenso calor y de la brisa o el viento de la avenida, hasta que de nuevo vuelven a abrirse para salir a la autopista de regreso a casa, donde la tela nos sigue acompañando, pero ya con un aspecto totalmente desaliñado, aunque digno, ya que la mayoría de sus anclajes sigue en su sitio.


Pasada la noche, por la mañana, con las primeras luces azul-grisáceas, violáceas y anaranjadas del día, compruebo desde entonces cada amanecer que la tela vuelve a tener un aspecto física y matemáticamente perfecto, como si el mismo Sísifo, en lugar de llevar la piedra hasta lo alto de la montaña para que volviera a caer por la ladera y así una y otra vez, se dedicara a desenmarañar y reparar la tela como castigo para poder seguir vivo, aunque para llevar una existencia tan esforzada como inútil.

Reconozco que esta metáfora de Albert Camus me acompañó durante días, porque, en el fondo, muchos trabajadores y autónomos tenemos la sensación de que somos Sísifo y nos vemos voluntariamente obligados a empezar de cero cada mañana una tarea más o menos repetitiva, sin la recompensa de una culminación absoluta y satisfactoria. Al menos, tanto la araña como muchos de nosotros, disponemos después de cinco o seis días de un merecido descanso, que nos permite reponer fuerzas y volver con renovadas energías al cometido que tenemos estipulado.

Pero una tarde que alteré la habitual rutina, en el aparcamiento subterráneo de un centro comercial, al regresar al coche y después de descargar la compra en el maletero, me encontré de frente con la araña y nos miramos sorprendidos. La tenue oscuridad debía haberla confundido y animado a salir a reparar la tela, por eso le pilló desprevenida mi presencia.

Tan sólo pude verla unos segundos, pero me pareció una araña con cierta belleza (no para tener una relación con ella, no piensen mal), por la armonía que se apreciaba al comparar su pequeño abdomen de unos cinco milímetros de largo, con su cabeza y sus alargadas patas.

En cuanto traté de aproximarme para verla más de cerca, desapareció de una forma tan rápida como grácil entre las bambalinas tejidas entre el espejo y la carcasa que lo protege y que constituyen ahora su hogar. Entonces vino a rescatarme la literatura clásica y emergió entre mis pensamientos la figura de Penélope, que tejía por el día y destejía por la noche, día tras día, semana tras semanas, mes tras mes, año tras año, mientras esperaba a su amor, Odiseo-Ulises.

Y decidí llamar a la araña Penélope, pese a que ella teje de noche y son las circunstancias las que destruyen su trabajo durante el día, porque todo ser vivo merece tener la esperanza de que puede conseguir lo que desea, aunque para ello tenga que perseverar una y otra vez en la actividad que el espacio-tiempo, la genética, los poderes que nos dominan o la suerte determinan que debemos acometer sin excusas.


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