domingo, 12 de junio de 2016

No te conocía vestido (relato)

Por Tomás Felipe

Sé muy bien lo que valgo en cueros. Lo sé desde siempre. Por eso me gano la vida con mi cuerpo. No con mi cuerpo desnudo, aclaremos, sino con el envoltorio que lo cubre. Soy modelo, a eso me dedico. Un top model, de los buenos. La mayor parte de mi vida transcurre cimbreando el palmito por las pasarelas de Milán, París o Budapest… Mi cuerpo proporciona el dinero que necesito y todo lo que con ello se consigue: viajes, buena comida, buenos alojamientos, amor, halagos, amistad, compañía de cama (sin distingos de género, raza o religión). Así y todo soy consciente: todo tiene su final, y mucho más en esta profesión. Más temprano que tarde, por mucho gimnasio y por más dieta, van a aparecer los descolgamientos, las arrugas, la falta de fluidez, la fatídica “cintura de yeso”, el azote de todo modelo, la señal que indica que no vas a dar más y que a partir de ese momento habrá que dedicarse a otra cosa… Pero bueno, no pienso demasiado en ello y por preocuparme sólo me preocupa una cosa. Mi cuerpo es perfecto, pero visto desde fuera. Por dentro es harina de otro costal. Hace años que me aquejan unos insufribles dolores de reuma. Es una enfermedad crónica, congénita según mi médico. Cuando asoma el invierno o el tiempo está húmedo, el dolor me atenaza los hombros hasta el punto de apenas poderme mover. No tiene cura, al menos aparente, sólo se alivia a base de tratamientos. Al principio con calmantes, luego leves descargas eléctricas, más adelante masajes, después acupuntura…. Pero el dolor es listo, se acostumbra a todo y al fin se las arregla para que cualquier método resulte ineficaz. Un buen día alguien me habló de cierta clínica en Rumanía que ofertaba remedios a base de piedras calientes. Mi especialista sonrió cuando le comenté “Pero hombre, no hay que irse tan lejos. - dijo – Si estas islas están hechas de roca caliente…. Verás, conozco un lugar en El Hierro, una especie de ensenada de basalto, caldeada por el sol la mayor parte del año. Te remojas en el mar y luego te tiendes sobre la roca. Te hará el mismo efecto que ese tratamiento de Rumanía y seguro te va a salir más barato. En fin, con probar nada se pierde”. Garabateó algo en un papel y me lo pasó. “Cala de la Agustera”, ponía… No me lo pensé dos veces, entraba ya el otoño, la panza de burro se cernía sobre Las Palmas y los dolores comenzaban a enseñar la patita… Así que preparé un equipaje de fin de semana y a mediodía estaba en el aeropuerto de Gando tomando un vuelo para El Hierro. Con probar nada se pierde, había dicho. Y si lo manda el médico…

Aunque canario de nacimiento nunca había visitado la isla de El Hierro. Era normal, de pasarela en pasarela desde los diecisiete años no había tenido ocasión de conocer el terruño. A vista de avión la isla no parecía gran cosa. Una costa dentada y oscura con manchas color verde en las cimas y alguna manchita blanca por aquí y por allá que apenas indicaba la presencia de población. El avión (¡propulsado a hélice!) tomó tierra dando bandazos por una pista que más bien parecía una carretera y al fin, todavía con el corazón en el gaznate, puse mis temblorosas piernas en la isla. Luego de alquilar un coche en el aeropuerto, me encaminé por una solitaria carretera hacia la capital, Valverde, apenas un villorrio que se tendía entre dos montañas bajo un cielo frío y gris. La humedad se cernía por todas partes y el dolor comenzaba a morder mis hombros. Desde luego no me iba a quedar por aquí, pero apenas había desayunado, eran las cuatro de la tarde y tenía un hambre de lobo. Paré en el primer bar que encontré y mientras esperaba mi bocadillo de tortilla delante de una cerveza, pregunté al encargado por la Agustera o como se llamase el lugar que andaba buscando. Me dijo que quedaba por la costa, hacia el sur, cerca de un pueblo de pescadores llamado La Restinga. Me pasó una tarjeta con el nombre de un hotel de reciente inauguración donde podría alojarme. Comí todo lo aprisa que pude y tras pagar y dar las gracias, salí pitando de ese lugar. La isla no parecía estar demasiado habitada, apenas si me crucé con algún coche, y al cabo de media hora paraba en el pueblo de El Pinar. Un lugareño me indicó cómo llegar a La Restinga, no había pérdida, sólo había una carretera que bajara hasta la costa… Conduje por un solitario paraje semidesértico, salpicado de pequeños conos volcánicos, hasta llegar a mi destino, un poblado de casas bajas que se apiñaban en torno a un puerto pesquero. Junto a éste, contrastando con el entorno, se erigía un edificio de cinco plantas, el hotel sin duda. Mientras salía del coche y me encaminaba hacia la recepción, comprobé que hacía calor, demasiado calor para ésta época del año. Bueno, era lo que andaba buscando ¿no?... Luego de tomar una habitación (andaban en temporada baja y era el único cliente) la recepcionista me indicó por dónde llegar a la cala de la Agustera. No quedaba demasiado lejos, como a un par de kilómetros del pueblo tomando un camino asfaltado que partía del mismo hotel. Sentía aún los hombros agarrotados, así que circulé despacio por la estrecha calzada, sorteando curva tras curva, hasta llegar a una especie de saliente de lava sólida, una lengua de roca oscura que parecía adentrarse en el mar. No parecía una cala, desde luego, al menos como se conocen en Ibiza o Capri. Paré el coche en una explanada de tierra, el calor era aplastante y sudaba por todos mis poros. Con la ropa húmeda y pegada al cuerpo me dirigí a una especie de chiringuito hecho de tablones de madera. Pedí una cerveza al encargado, un hombre de mediana edad, gordito y rubicundo, que me miró de arriba abajo antes de echarse a reír. A lo mejor le hacía gracia el estampado chillón de mi camisa o el tinte zanahoria de mi pelo, quien sabe… No obstante era un tío simpático y conversador, me preguntó si estaba de vacaciones y le respondí a qué había venido. Pregunté a mi vez porque llamaban Agustera a este lugar. “Haga lo que le dice el médico. - respondió - Dese un baño en el mar, se aposa como una mosca encima de la piedra caliente y luego me cuenta.” En fin, la gente de pueblo es así, les encanta tomarle el pelo al forastero. Apuré mi cerveza y ya me disponía a marcharme cuando añadió que si quería estar solo y bañarme en cueros tomara un veril, justo detrás del chiringuito, que iba a dar a unos charcos que dejaba la bajamar. Le hice caso y me encaminé por un sendero pedregoso que casi destroza mis zapatos italianos de suela plana. No tarde mucho en llegar a un área de roca lisa, plagada de charcos de bajamar. El sol caía a plomo así que me saqué la ropa de encima y sin más me introduje en uno de esos charcos. No parecía demasiado profundo, apenas si cubría la cintura, pero no se necesita más para darse un baño y el agua estaba deliciosa. Pasé un buen rato flotando como una morsa, sumergiendo la cabeza de cuando en cuando para observar los minúsculos peces pululando por el fondo. Al fin salí del agua y me dejé caer sobre una roca. La piedra dura y caliente me quemaba la piel pero decidí aguantar un poco, dejando que mi cuerpo mojado atemperase la superficie de la roca. La sensación era indescriptible, poco a poco me fui relajando, el dolor que atenazaba mis hombros comenzó a desaparecer y un agradable sopor se fue haciendo conmigo. El sol mordía mi piel sin misericordia, pero tan relajado estaba que, por más que quisiera, era incapaz de mover un músculo… De repente una sombra cubrió la claridad. “El sol es muy fuerte aquí. Si te quedas dormido te va a dar algo”, oí cerca de mí… Parpadeando abrí los ojos y entonces la vi.


Estaba de pie. Era una mujer delgada y alta o así me lo pareció vista desde el suelo. Iba tocada con un sombrero de paja de ala ancha y se cubría sólo con la parte inferior del bikini. Se acuclilló a mi lado y pude observarla bien: pechos pequeños y firmes, rostro alargado, labios carnosos. No podía ver sus ojos, estaban ocultos tras unas gafas oscuras de pasta gruesa. Por las arruguitas en la cara le calculé unos cuarenta o cuarenta y cinco. Pero lo que más llamó mi atención fue su piel. Una piel morena, lisa, brillante como la que lucen esas indias del Amazonas… Ella también me observaba tras sus gafas negras. Parecía mirar hacia un punto indefinido de mi persona, no sabía si a mi cara, mi torso, mis pies o qué. “Deberías mojarte, si no te vas a quemar”, volvió a decir. Le agradecí la intención y me presenté tendiendo mi mano. Al contacto comprobé que la tersura de su piel era natural y no producto del bote o de la crema. Ella se presentó a su vez, dijo llamarse Elsa, ser de Tenerife y estar de vacaciones en la isla. Poniéndome en pie la invité a acompañarme en el baño. Ella permanecía sentada, limitándose a mirarme. Al fin se levantó a su vez y nos dirigimos a un charco lo suficientemente grande para acogernos a los dos. Y así permanecimos durante un rato, flotando frente a frente en el agua. Dijo ser traductora de árabe y trabajar para una empresa de eventos internacionales. Permanecía con su sombrero y sus gafas durante todo ese tiempo por lo que sólo pude suponer que el color de su pelo y el de sus ojos eran tan oscuros como su piel. Salimos al fin del agua y ella manifestó que ya había tomado suficiente sol por hoy. Tras secarse con la toalla se despidió no sin antes aconsejarme que no volviese a este sitio sin protector solar. “¿Vendrás mañana?”, pregunté. “Siempre ando por aquí”, respondió lacónica antes de darme la espalda y comenzar a caminar. La contemplé, contemplé su piel resplandeciente y marrón antes de desaparecer tras las rocas.

Y pasé la noche excitado, dando vueltas y más vueltas en la cama. Vaya, me había dado fuerte. Debe ser cosa del calor, pensé. Nunca me había costado demasiado llevarme a alguien a la cama, no más que elegir un plato en el menú y esta puretita no iba a ser la excepción… A la mañana siguiente, no bien hube desayunado, salí como un cohete en dirección a los charcos. Había decidido que no me iba a marchar de esta isla sin pasear mi lengua por esa piel… Y allí estaba, mostrándome su deliciosa espalda con los pies metidos en el agua. Antes de acercarme me quité toda la ropa. Estaba aún excitado, mirándome la polla comprobé que estaba a medio llenar, la punta asomando como una lengua rosada. Sonreí para mí, desde luego sobraban palabras para insinuarme… Cuando estuve a su lado la salude poniéndome en jarras, mostrando descaradamente lo que hay. Lo dicho, sé muy bien lo que valgo en cueros... Ella se volvió a medias, llevaba aún puestas sus gafas oscuras y yo seguía sin saber hacia dónde miraba. Charlamos un rato, sentados muy cerca. El océano estaba en calma, el agua lamía con suavidad las rocas de la orilla, así que propuse un baño en mar abierto con la intención, claro está, de tomarla por la cintura a la menor oportunidad. Pero ella rehusó alegando que no le gustaba bañarse en el mar y prefería remojarse donde hubiera poca agua, dicho lo cual se separó de mí metiéndose en un charco… Intento fallido, habría que ir despacio. Bueno, no me importó, en realidad me gustaba ese juego. Pese a mis pocos años era todo un conocedor de las veleidades femeninas. El no por respuesta y las evasivas siempre me ponían a cien y por mi experiencia con el género sabía cuál iba a ser el resultado. Era cuestión de seguir acercándome, volando en círculos a la manera de los buitres, a la espera del momento propicio. Me metí a mi vez en el charco e inicié una conversación intrascendente. Le pregunté dónde se alojaba y me dijo que en El Pinar. Hice otra tentativa y ofrecí invitarla a cenar en el restaurant del pueblo que más le gustara. Me miró, imperturbable, tras sus gafas, y respondió que gracias, que ya había quedado. ¿Una excusa? ¿Otra evasiva? Bien, mejor, más sabroso se hacía el bocado… Al fin se puso en pie, salió del charco y luciendo una tímida sonrisa, anunció que hoy iba con algo de prisa, que encantada con la invitación, que mejor para otra ocasión… Y la vi marchar, otra vez, cabizbaja, sorteando despacio las grandes piedras. Tocada, pensé todo ufano mientras flotaba en el charco, el glande, como una boya, sobresaliendo del agua. Mañana estará a punto…

Pero no la vi al día siguiente, ni al otro tampoco… La esperé, turrándome al sol. La busqué en vano por los recovecos de la ensenada, por el acantilado de la orilla… Finalmente pregunté por ella al dueño del chiringuito. “Es una mujer extraña. – dijo – Aparece y desaparece como un fantasma. A veces se está temporadas enteras, a veces sólo por un día. Es peje que no muerde anzuelo” - y me picó un ojo.

Una mujer extraña, pensaba de regreso a Las Palmas, mirando el mar brillante desde la ventanilla del avión. Bueno, quizás como todo el mundo, aparenta ser lo que no es. En fin, que volvía a casa con cierto sabor a frustración, hay que decirlo, pero también con un suntuoso bronceado y sin rastro de dolor en mis hombros. Algo se había logrado…

Y no voy a decir que no volví a verla porque sí, volví a encontrarme con ella unos meses después, lo cual hace bueno el dicho de que el mundo es un pañuelo. Fue en una fiesta tras un passe, en los jardines de Hotel Kalifa de Marrakech. No llevaba sombrero, ni gafas negras, esta vez. Se vestía con un llamativo traje de noche y charlaba animadamente con un grupo de hombres maduros con smoking. Me acerqué a saludarla. Ella me miró con cara de extrañeza, no parecía reconocerme. Sus ojos eran tal y como los había imaginado: grandes, oscuros. “¿No te acuerdas de mi”?, le pregunté. Respondió que no, que no se acordaba. Le hablé de la isla, de los charcos de la Agustera. Volvió a negar con la cabeza… Entonces tuve la ocurrencia. Fue un arrebato, una de esas certezas que acometen a cualquiera alguna vez en la vida… Tomándola del brazo, la saqué del corrillo donde se encontraba. Ella se dejó llevar con expresión atónita y a la vez divertida. Sentí el contacto de su piel tibia en mis dedos y el recuerdo de la excitación de aquellas mañanas en los charcos comenzó a insinuarse en mí. Llegamos a un rincón solitario del jardín y, sin pensarlo media vez, me saqué por la cabeza mi camiseta de marca. Los pantalones, el slip y los zapatos cayeron a continuación… Me mostraba como soy, como siempre me había visto.

Sin recato alguno posó su vista en mi entrepierna. Luego abrió la boca. Luego, sonrió. Ahora sí, ahora sé qué miraban sus ojos tras aquellas gafas oscuras.

- Perdona. –dijo– No te conocía vestido.

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