domingo, 6 de diciembre de 2015

Echagu maragualen: Palabras que alimentan (relato)


Buenas señor agente.

Vengo porque quisiera informar sobre unos hechos que me sucedieron la otra noche a eso de las diez menos cuarto, por si fueran constitutivos de delito. ¿Puedo sentarme?

Gracias. Verá, no somos de aquí, vivimos en Tenerife y volvíamos mi mujer y yo de hacer unas compras, ver las casetas de Navidad de la Plaza Mayor y cenar un bocata de calamares. Caminábamos en dirección a la parada del metro de Gran Vía y en esos momentos nos encontrábamos entre las calles Preciados y El Carmen... Cuando nos asaltó una sonrisa.

Ya sé que las sonrisas no constituyen en sí un delito, no me tome por loco, y más cuando nos encontramos en plena campaña electoral, aunque esto sucedió unos días antes de que comenzara.

Lo inquietante del asunto no fue la sonrisa en plena calle de una persona anónima, por infrecuente, salvo cuando te vienen a vender papeletas para un sorteo, a hacerte socio de una ONG o a entregar propaganda.

Lo que me dejó estupefacto fueron las palabras que pronunció aquel aparentemente amable hombre de unos cincuenta años, pelo castaño ligeramente agrisado por las canas, metro ochenta de estatura y vestido como cualquier persona normal.

Creo que recordaré siempre esas palabras mientras viva y por eso puedo citarlas con total exactitud. Dijo: "Me compra un poema para un bocadillo de jamón".

Me quedé sin palabras, balbuceé algo, seguí caminando como aconsejan en estos casos las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado y cuando nos separaban unos metros me volví para decirle a aquella sonrisa que me seguía mirando: "Es una oferta tentadora, pero no llevo dinero".

Mentí claramente, pero aquello no incomodó a la sonrisa, sino que levantó el brazo y nos saludó con la mano a modo de despedida mientras giraba su cuerpo para comenzar a caminar en otra dirección.

Es cierto que no suelo llevar dinero suelto en la cartera y que lo pago todo con la tarjeta de crédito, pero en esa ocasión sí llevaba algunas monedas y podía haberle comprado un poema y tener más datos para ayudar a la Justicia, en su labor de esclarecer si se trata de un hecho aislado de una persona sin escrúpulos o si detrás de esta acción existe una red, entramado u organización delictiva que se dedica al tráfico de poemas.

Se ve que era una persona instruida, porque dijo "bocadillo de jamón" en vez de bocata de jamón, por lo que parece recibió una buena educación, pero que no ha sabido actualizar, porque entonces habría utilizado alguna de las nuevas expresiones admitidas por la Real Academia Española de la Lengua.

Desde entonces me persiguen las dudas: ¿Era la persona de la sonrisa el autor de los poemas o pertenecían a otros escritores como Antonio Machado o Fernando Pessoa? ¿Tenía la pertinente licencia gubernativa para ejercer una actividad de estas características en plena vía pública? ¿Se encuentra esa persona en pleno uso de sus facultades mentales? ¿Es lícito o justo el trueque de un poema por un bocata de jamón o se trata de una estafa, porque en la Cuesta Moyano he visto poemarios de segunda mano a un euro y el precio medio de un poemario nuevo es de diez euros y suele traer bastantes poemas, a veces ilustrados? ¿Existe una tabla de equivalencias entre poemas y jamones dependiendo de la pieza o el autor? ¿Y el pan? ¿Da lo mismo una chapata que una 'baguette' o uno integral de semillas? ¿Corresponderían bocatas de pata negra a los poemas de escritores como Rafael Alberti, Federico García Lorca o Miguel Hernández? Y los de Pedro García Cabrera ¿se intercambiarían sólo por naranjas recogidas del mar? ¿Y los de Pedro Lezcano por maletas?

También he valorado la posibilidad de que se tratara de alguna campaña comercial de una empresa dedicada a la venta de bocatas de jamón o de cualquier otra que hubiera contratado algún creativo publicitario de las características de Risto Mejide.

Dígame entonces, una vez efectuado el relato de los hechos, ¿procede interponer una denuncia?

1 comentario: