sábado, 3 de octubre de 2015

Caxnaresten: Hermanos de pelo

Existen diferentes tipos de hermanos, aunque todos comparten un sentimiento común. Están los hermanos de sangre, que comparten los mismos progenitores; los hermanos de corazón, que comparten un mismo techo y una misma familia aunque tengan padres biológicos diferentes; los hermanos de piel, que son aquellos que proceden de familias diferentes, pero con los que existe cierta afinidad, que les impulsa a compartir entre ellos pensamientos y experiencias, y que se besan y abrazan igual que los anteriores cuando se ven, y, por último, aunque no por ello menos importantes, están los hermanos de pelo.

Los hermanos de pelo (e incluso de pluma) son aquellos que no pertenecen ni siquiera a nuestra especie, pero que comparten algo más que nuestro espacio vital: comparten tiempo y emociones, y todo ello sin mediar palabra, sólo a base de miradas, gestos, caricias, lametones y algunos que otros sonidos.

Nadie es perfecto y los hermanos no tienen porqué ser una excepción. La vida tampoco es perfecta y quienes habitamos hoy el planeta no somos ni mejores ni peores que los que estuvieron y ya no nos acompañan. Tan sólo tenemos la fortuna de haber podido sobrevivir a todo tipo de cambios y catástrofes.

Los hermanos se quieren, pero también se enfadan y se pelean, porque las relaciones y la comunicación no resultan sencillas, sino más bien todo lo contrario. También se traicionan, porque, aunque no lo queramos, el instinto natural de supervivencia, en la mayoría de las ocasiones mal entendido y peor aplicado, acaba prevaleciendo sobre muchos de nuestros sentimientos, aunque con dos excepciones: el Amor (con mayúsculas) y la Culpa (también con mayúscula), que son capaces de transformarlo todo, hasta llegar al sacrificio de la propia vida por la del otro.

Sin embargo, nosotros los humanos, que nos creemos la especie más avanzada, podemos contemplar a diario cómo la inmensa mayoría de nuestros hermanos de pelo cumplen su ciclo vital sin haber traicionado ni un sólo minuto su afecto, ni siquiera en la ausencia, cuando la distancia se interpone entre nuestros respectivos caminos.

Es cierto que los seres humanos solemos ser más longevos que nuestros hermanos de pelo, pero no creo que esa limitación les reste méritos. Tampoco creo que sean menos inteligentes, sino incluso más desde el punto de vista emotivo, aunque no tengan nuestra capacidad de cálculo o de utilizar los materiales de la naturaleza para adaptarlos a nuestra conveniencia o capricho.

Los hermanos de pelo nos enseñan a diario que la esencia de la vida se encuentra en las cosas sencillas, en la importancia de los afectos sobre otras cuestiones materiales, una vez cubiertas las necesidades básicas, cuando disponemos del alimento que precisan nuestros cuerpos. Porque el resto no deja de ser un valioso e incierto tiempo, que deberíamos disfrutarlo con quienes compartimos unos mismos sentimientos.

El problema es que nuestra humana vida ha dejado de ser sencilla, que cada vez nos la complicamos más y que nos puede la inquietud por alcanzar nuevos retos, experimentar nuevas situaciones, descubrir nuevos lugares y establecer nuevas relaciones, en ocasiones lejanas, que nos gustarían que fueran igualmente fraternales.

Con frecuencia esa inquietud dura horas, pero otras veces pasan días, semanas, meses o años. En cualquiera de los casos, cuando regresamos junto a nuestros hermanos de pelo, rara vez encontramos reproches, sino todo su afecto íntegro y toda su energía para animarnos a seguir luchando en nuestro propósito, aunque ello suponga menos tiempo para compartir.

Porque una vez establecido el vínculo, nuestros hermanos de pelo, como todos los hermanos, no dejan nunca de acompañarnos en todo lo que hacemos, aunque se interponga entre nosotros el espacio, el tiempo o la principal regla por la que se rige la vida: la muerte.

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