miércoles, 12 de agosto de 2015

Axitaalachin: Playa viva (relato)

Despertó el amanecer como cualquier otro día, sin mayores pretensiones que seguir transitando por algún lugar del cosmos, en busca de una fuente de energía que alumbrara la vida.

Las primeras cálidas luces del rutinario Sol sorprendieron a unos pies caminando sobre la arena, aproximándose al encuentro con el frescor del agua salada.

La maresía ya había envuelto a todo su cuerpo, pero seguía adelante porque necesitaba sentirse abrazado por la densa caricia de la vida misma.

Sucesivas lenguas de mar fueron mojando aquellos pies, lentamente, sin urgencias, para luego ir subiendo poco a poco por tobillos... pantorrillas... gemelos... rodillas... muslos...

Siguieron andando de punta a punta de la playa, ya con el agua por la cintura y un poco más arriba, pero también un poco más abajo, participando de ese vaivén de fluidos al que también se incorporaba aquella singular arena, que se comportaba en ocasiones, de forma caprichosa, como un líquido más, una heterogénea masa de partículas comprometidas con su pasado emocional, como conchas de moluscos, carcasas de crustáceos o estructuras de corales.

Grupos de alevines se aproximaban en busca de un mínimo y sutil contacto que les proporcionara algo de alimento, procedente de las células muertas a punto de soltarse de la piel. Sus lomos plateados reflejaban la luz solar, de manera que sus movimientos se parecían a los de un singular espectáculo de brillantes fuegos artificiales dentro del agua.

Bajo los pies, aquel fluido suelo arenoso no paraba de moverse. La brisa empujaba a la marea a crear efímeras y serpenteantes cordilleras de medio palmo de altura, separadas por valles bajo los que emergían súbitos cráteres por los que salían y entraban pejeverdes de diferentes tamaños, como si se tratara de túneles en permanente construcción que conducen a una gran urbe, a la vez subterránea y submarina, plagada de maravillosos seres.

Con cierta frecuencia, la arena se adelantaba extrañamente a los pasos, como si la huella se perfilara antes de la pisada, hasta que se convertía en platija, chucho o en un adormilado angelote, que por no desperezarse a tiempo acabó por enredar el cartílago de su cola entre los dedos.

Aquella debía ser la señal que debían estar esperando para empezar a refugiarse de los centenares y miles de pies que comenzaban a llegar procedentes de la ciudad cercana y asilarse de los ruidosos chapoteos de brazos y de los gritos de quienes venían a romper la armonía matinal de la playa.

Tan sólo los alevines decidieron participar en la nueva fiesta que los humanos habían organizado, en espera de aprovechar la ocasión para alimentarse con los restos orgánicos que iban dejando y así seguir creciendo hasta llegar a la edad adulta. Los demás, inteligentemente, decidieron hacer caso a sus recuerdos y a los consejos de Julio Verne: buscaron cobijo en un lugar oculto y mágico, a la vez submarino y subterráneo, un espacio imaginario que sólo se encuentra descrito de un modo impreciso en algunos de los libros que se leen durante el verano.

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