domingo, 26 de julio de 2015

Tinreste faya: Fuego amigo

La expresión 'fuego amigo', lejos de lo que pudiera parecer, no se refiere a una bucólica escena de grupo, alrededor de una cálida hoguera, encendida durante una fría noche, donde cualquier extraño es bien recibido e invitado a compartir aquella atmósfera agradablemente tibia procedente de las chisporroteantes llamas.

El significado conjunto de esas dos palabras tiene actualmente un contenido de carácter militar, con el que se trata de describir un campo de batalla en el que soldados de un bando 'confunden' a sus propios compañeros, situados en otra posición teóricamente más avanzada, con el enemigo y se dedican a dispararles todo tipo de proyectiles con el objetivo de acabar con ellos.

Entraría dentro de la categoría de los 'daños colaterales' que se producen en todos los conflictos bélicos, que tanto suelen afectar a la población civil y, en la mayoría de ocasiones, son considerados como un error de estrategia, ya sea en la planificación del asalto, como en la ejecución por parte de los escuadrones encargados de llevar a cargo la acción.

Que sepamos, la Unión Europea (UE) no está en guerra, aunque soldados de sus diferentes países suelen intervenir en diferentes conflictos, en general como 'fuerza de pacificación', en misiones internacionales organizadas bajo el auspicio de las Naciones Unidas.

Pero las batallas del siglo XXI no sólo se libran con armas de fuego y explosivos, sino que también se emplean tácticas disuasorias para que el enemigo, supuesto o real, abandone la lucha y así minimizar las pérdidas que supone toda guerra, tanto en vidas humanas como en bienes materiales.

Por eso, sigo con expectación las informaciones que se siguen produciendo sobre las negociaciones y acuerdos alcanzados entre la UE y uno de sus países miembros, Grecia, porque todo lo que se me describe sobre el proceso se asemeja más a una completa claudicación que a la búsqueda de soluciones reales a unos problemas que se han planteado entre países aliados, no enemigos.

En mi opinión, el 'fuego amigo' lanzado sobre Grecia, en forma de corte de las líneas de abastecimiento de liquidez monetaria a la banca helena, similar al corte de suministros que se realiza sobre un enemigo al que se le quiere impedir maniobrar al carecer de lo más básico, puede constituir un acierto de estrategia militar, pero diferentes voces de prestigio ya han advertido que puede tratarse de un grave error de estrategia política, lo que no resulta raro en la UE, pero también de estrategia económica, lo que sí parece una novedad, por lo menos para un problema del calibre del griego.


La historia nos enseña que la actual UE es heredera de la Comunidad Económica del Carbón y del Acero, creada en 1950 por Francia, Alemania Occidental, Italia, Bélgica, Holanda y Luxemburgo; que en 1957 firman el Tratado de Roma y crean la Comunidad Económica Europea, que comienza a funcionar el 1 de enero del año siguiente.

Como curiosidad, Grecia es el primer país que solicita adherirse al tratado, en junio de 1959, mientras que Turquía le sigue un mes más tarde, y no sería hasta 1961 cuando presentan su petición Irlanda, Reino Unido y Dinamarca; mientras que Noruega lo haría en 1962, año en el que se rechaza a Grecia como miembro de pleno derecho, aunque se firma un acuerdo de asociación, lo mismo que ocurrirá con Turquía en 1964. Los otros cuatro candidatos tampoco lo tuvieron fácil y no fueron aceptados hasta 1972, aunque Noruega finalmente no se incorporó, al ser rechazada la adhesión por sus ciudadanos en referéndum, entonces y en 1994.

Pese a la negativa inicial, los griegos no se desanimaron y volvieron a presentar su solicitud en 1975, mientras que en 1977 harían lo propio Portugal y España. En 1981, Grecia conseguiría entrar por fin en las instituciones comunitarias, lo mismo que España y Portugal, que fueron aceptadas en 1986, lo que no conseguiría nuevamente Turquía. En 2015, junto a los doce países ya citados, integran también la UE otros dieciséis: Austria, Chipre, Malta, Suecia, Finlandia, Hungría, Polonia, Rumanía, Eslovaquia, Bulgaria, Estonia, Letonia, Lituania, República Checa, Eslovenia y Croacia.

La UE no es un proyecto concluido, sino que aún le queda mucho recorrido hasta alcanzar una cohesión similar a la que poseen los EE UU. Hay más países que quieren entrar y sólo 19 tienen como moneda común el euro. Entre los nueve que no han adoptado esta moneda hay tres que lo han hecho por voluntad propia (Reino Unido, Suecia y Dinamarca) y otros seis por no cumplir aún los requisitos de estabilidad presupuestaria y monetaria que se les exige (Bulgaria, Croacia, Hungría, Polonia, República Checa y Rumanía).

EE UU tuvo que soportar una guerra de secesión varias décadas después de su independencia, mientras que la UE va cosechando pequeñas, medianas y grandes derrotas en el plano político, desde que intenta consolidarse socialmente, precisamente porque priman los criterios económicos que condujeron a su génesis a mediados del siglo XX.

Fracasos como los dos rechazos a la integración por parte de la población noruega, el 'no' inicial del electorado danés al Tratado de Maastricht, la salida de Groenlandia o la incorporación parcial de Canarias cuando se produjo la entrada de España, lo que luego sería subsanado. Aunque el mayor revés puede que haya sido la negativa en referéndum a la Constitución Europea de Francia y Holanda, dos de los países fundadores de la UE.

El caso de Grecia a mí me parece una catástrofe, tanto humanitaria, como política y económica, no comparable a los movimientos migratorios ocasionados por el hambre o los conflictos bélicos, pero sí en lo que se refiere al desmoronamiento de unos valores y de un proyecto colectivo, que poco tiene que ver con los ciudadanos y mucho con los grandes capitales y conglomerados empresariales.

El 'fuego amigo' dirigido hacia Grecia puede acabar convirtiéndose en un 'tiro en el pie' de la UE, que acabe por desangrar su ya escaso contenido social. Los movimientos antieuropeistas, la ultraderecha y los partidos emergentes van a encontrar un campo minado para alcanzar el poder, pero el descontento generalizado va a impulsarles hacia los gobiernos. Si ellos, al igual que Tsipras, no pueden cumplir lo que prometen, ¿qué esperanza les queda a los europeos y a los ciudadanos de otros países que quieran construir una sociedad del bienestar sobre cimientos sólidos?

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