domingo, 14 de junio de 2015

Guereno: Pasado

Algunas personas que conozco consideran el pasado como una mochila que vamos cargando y llenando a lo largo de nuestra vida y que, a medida que avanzamos en el tiempo, se va haciendo más costosa de llevar y condiciona nuestros movimientos, hasta que nos deja paralizados y resulta imposible trasladarnos hacia un nuevo lugar con tanto peso.

Pero esa visión me parece bastante incompleta e incorrecta, porque, desde ese punto de vista, todos nacemos al menos con dos mochilas, una genética y otra de posición social, que nos limitan o nos propulsan, y sobre las que se añadiría otra nueva, con los hechos y actos fruto de nuestra experiencia, que, a su vez, estarían condicionados por la herencia genética o social transmitida, lo que conduce a un determinismo fatalista que no comparto, porque conseguimos progresar de forma colectiva y hasta hay quien logra individualmente desembarazarse o vaciar el lastre indeseado de la mochila e iniciar una nueva vida.

Como ejemplo de esto último, me viene a la memoria la figura de Melki Makhandar, un polifacético artista que tuve la fortuna de conocer, entre finales de los 80 y principios de los 90. Nacido en Francia en 1932 como Michel Seunes, toma a los 19 años el nombre artístico de Michel Conte, con el que triunfaría dos años después como primer bailarín en París. Sin embargo, aquel éxito no sería más que el preludio de otros en Canadá, no sólo como bailarín y coreógrafo, sino también como director artístico, escénico, de televisión, de ópera, de musicales, de orquesta y como pianista y reconocido compositor, autor del himno de las Olimpiadas de Montreal de 1976. Hasta que se cansa, envía una carta a los periódicos canadienses informando sobre su óbito como Michel Conte, para renacer en 1982 en Tenerife como Melki Makhandar, donde escribe, compone, actúa, sigue creando y viajando hasta su muerte biológica (porque como artista sigue vivo en el legado de su obra), acaecida en Túnez, en enero de 2008.

Melki Makhandar nos demuestra que es posible reinventarse varias veces a lo largo de una misma existencia y descargar o abandonar las mochilas que nos lastran, al menos de forma individual y sin demasiados daños colaterales, pero ¿pueden las sociedades hacer lo mismo o son sus mochilas tan pesadas que sólo pueden ser destruidas con explosivos?

Creo que las sociedades occidentales sufren la carga de una mochila muy pesada llamada contradicción, cuyo punto de partida nace con la Revolución Francesa y sus principios de libertad, igualdad y fraternidad, los cuales, para su triunfo inicial, precisaron de una sangrienta rebelión y, para su mantenimiento, han requerido de innumerables y, en ocasiones innecesarias, guerras y multimillonarias muertes.

Parece que en poco más de dos siglos no hemos sido capaces de aprender a desactivar la mochila de la contradicción, en parte porque existen otras sociedades que no creen en el potencial que confieren los principios unidos (no dispersos) de libertad, igualdad y fraternidad, pero también porque ni siquiera nos lo acabamos de creer quienes pertenecemos a las sociedades que se inspiran en estos principios.

No podemos dejar de estar alerta y preparados para los ataques de sociedades a las que sólo le interesa el ser humano como esclavo de sus líderes, ya sean políticos o espirituales, pero esos esfuerzos no deben impedir que se avance en consolidar los proyectos sociales basados en la más acertada combinación de libertad, igualdad y fraternidad.

Recientemente leí un texto del historiador de arte, poeta, traductor e ilustrador Carlos D'ors Führer, en el que hacía una reflexión sobre el contexto político, económico y social español a comienzos del pasado siglo: "España entró en el XX sin haber conseguido una estabilidad política firme y duradera, puesto que el sistema canovista no estableció un juego de libertad y participación en la base, aunque favoreció plenamente a la burguesía. Podemos esbozar así los problemas de orden político, con claras incidencias socioeconómicas de la España de la primera mitad de siglo: Las cuestiones referentes a la renovación del sistema donde hallamos dos motivos principales, que las instituciones y partidos nacidos al calor de la Constitución de 1876 no sirven ya, por falta de un nuevo ideario, y debido a que un elemento innovador, el catalanismo, proclama una descentralización y una renovación de métodos políticos (...)".

Y sigue: "En el orden socioeconómico y por influjo de la neutralidad española en la I Guerra Mundial, la segunda etapa (1917-1923) del reinado de Alfonso XIII fue de esplendor para la burguesía industrial norteña y catalana, que vio desbordarse sus carteras de pedidos por las naciones beligerantes. Ahora bien, estos años de nueva 'fiebre del oro' produjeron un mayor desnivel social (...). Además, la no inversión de los capitales acumulados en obtener una mayor productividad en las empresas repercutió en la falta de preparación para hacer frente a la crisis posterior. Los capitalistas, 'nuevos ricos' en el lenguaje de la época, hipotecaron su futuro al no comprar técnica y si bienes suntuarios, a la vez que incurrían en la provocación social."

Tras leer estas palabras y contrastarlas con la realidad política, social y económica de 2015, tengo la sensación de que ha transcurrido un siglo en España sin que el país haya conseguido resolver algunos de los problemas de fondo que tenía planteados entonces, aunque creo que la situación ha mejorado sustancialmente, al menos en lo que se refiere a el reconocimiento de derechos civiles y políticas de igualdad, si bien todavía nos encontramos lejos de lo que sería deseable en algunos ámbitos, como en materia empresarial, laboral y de conciliación.

Se avecinan tiempos que pueden ser de diálogo o de confrontación, todo depende de cómo afronten este nuevo-viejo proceso los que han sido elegidos para esa tarea. Si todos estuvieran inspirados por el principio de fraternidad, conseguiríamos solucionar muchos problemas, pero todo va a depender de lo cargadas que se encuentren las mochilas de la ambición, por un lado, y del desamparo y el resentimiento, por otro. La generosidad de los que más tienen, ayudaría mucho, pero no suele ser frecuente, como la empatía.

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