martes, 27 de mayo de 2014

Arabisenen: Rebeldía

Muchos consideran la rebeldía como una etapa o una serie de reacciones propias de un período muy concreto de la vida, la adolescencia. Y las personas adultas que manifiestan este comportamiento son tachadas de inmaduras, porque no aceptan la realidad tal y como se presenta.

Sin embargo, las cosas no son siempre lo que parecen y, personalmente, creo que la rebeldía nunca desaparece, sino que se expresa de manera diferente a medida que pasan los años, se acumulan experiencias, especialmente las negativas, y en función de la personalidad de cada uno.

No se debe descartar la influencia hormonal en determinadas actitudes personales, pero en situaciones colectivas, la clave reside en el factor 'ambiental', entendido éste como el conjunto de circunstancias que condicionan las relaciones sociales.

En mi modesta opinión, la rebeldía es un sentimiento que posee un fundamento racional, aunque luego pueda mostrarse con grandes dosis de irracionalidad, tanto individual como colectiva. Su germen podría proceder del contraste entre las enseñanzas recibidas y la percepción de su incumplimiento generalizado, sobre todo en valores esenciales para la convivencia, como la justicia, la libertad o la felicidad, todos ellos bastante subjetivos.

Atribuir erróneamente la rebeldía a la pubertad, probablemente se deba a que en esa edad confluyen algunos de los momentos más importantes del ser humano, como el despertar sexual, la última etapa del crecimiento físico, la necesidad de gestionar una gran energía y el incremento de la capacidad intelectual, por lo que suele resultar un período bastante conflictivo, tanto a nivel interior como exterior.

La rebeldía es compañera inseparable del inconformismo, una cualidad esencial en el progreso de nuestra especie y que también se interpreta de forma subjetiva. Algunos basan su estrategia en la acumulación de símbolos de poder, para acomodar su entorno a sus propios intereses. Otros, en cambio, dedican su existencia a convencer a los demás de que la colaboración es el camino para crear una sociedad mejor para todos y no sólo para unos pocos.

Por eso, me inclino a pensar que la abrumadora abstención en las últimas elecciones al Parlamento Europeo, junto al propio resultado del escrutinio de los votos depositados en las urnas, constituye uno de los mayores ejemplos de rebeldía pacífica y colectiva.

Desde el final de la Segunda Guerra Mundial, la política de Europa Occidental se ha articulado en torno a dos grandes proyectos sociales: La Democracia Cristiana y la Social Democracia. Y el sistema ha funcionado mientras los diferentes partidos nacionales han aportado soluciones a los problemas de la ciudadanía.

Pero este ciclo parece haber terminado, y la coalición en Alemania no es una excepción, sino el modelo a seguir en el futuro por estas organizaciones en el resto del Viejo Continente, aunque me gustaría equivocarme. Y esas élites seguirán enganchadas al control de las Administraciones Públicas mientras las desmantelan o privatizan, invitándonos a la resignación de los mercados e infundiendo el temor ante la amenaza del advenimiento de movimientos supuestamente desconocidos, desde posiciones calificadas como de extrema derecha o izquierda. ¿Y no resulta también extrema su postura al apoyar a los grandes poderes económicos en el desmantelamiento del Estado del Bienestar?

La rebeldía organizada compensa y fruto de ella se conquistaron en el pasado derechos sociales hoy en peligro. Gracias a la Revolución Francesa, hoy consideramos imprescindible disfrutar de igualdad, legalidad y fraternidad (aunque las que percibimos parecen caricaturas de las que nos describen los libros de texto). Y gracias a la lucha obrera y a dolorosas huelgas se consiguió implantar una jornada laboral digna (lamentablemente no la misma para todos), un mínimo descanso semanal, las vacaciones remuneradas, las indemnizaciones por despido improcedente o la asistencia médica para los trabajadores asalariados.

¿Por qué debemos entonces conformarnos con la Europa insolidaria que diseñan los partidos mayoritarios? ¿Tienen capacidad 751 europarlamentarios generosamente retribuidos para mejorar la situación de quienes peor se encuentran? ¿Pueden conseguir poner un mísero impuesto a las transacciones de capitales hacia y desde paraísos fiscales? Y sobre todo, ¿qué nos impide seguir siendo rebeldes, en vez de sumisos, para intentar seguir transformando la sociedad en beneficio de la mayoría silenciosa?

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