viernes, 4 de abril de 2014

Tateil: Creer (ver sin señales)

Dicen que la fe mueve montañas, y no seré yo quien desmienta esta afirmación. Pero me asalta una duda: ¿Realmente necesitamos mover montañas para mostrar nuestra fe? O, por el contrario: ¿Son las pequeñas acciones las que revelan cuáles son nuestras auténticas creencias?

Los actos de fe suelen ser muy poderosos. Las ideas y la persecución sufrida por Joseph Smith, creador de la secta mormona, impulsaron a sus seguidores, guiados por Brigham Young, a emprender una larga y penosa travesía por Norteamérica, hasta que consiguieron llegar a un lugar visualmente idílico, donde decidieron asentarse y fundar allí su comunidad: Un precioso lago al pie de unas magníficas montañas. Pero resultó que el agua estaba salada y no por ello renunciaron a instalarse, sino que construyeron toda una gran y próspera ciudad, Salt Lake City, capital de Utah, uno de los Estados de EE UU.

Las admiradas pirámides egipcias o mayas fueron actos de fe, como también lo son las grandes catedrales góticas europeas. Contemplando estas y otras muchas expresiones pétreas, no puedo dejar de preguntarme si esto nos hace mejores personas, o tan sólo constituyen magnas representaciones de las abundantes contradicciones humanas.

No entran de este mismo catálogo los impresionantes palacios reales, construidos para uso y disfrute de monarcas, primero absolutos, y luego figuras más o menos decorativas de los nuevos poderes absolutos contemporáneos, las grandes empresas, que se construyen elevadas torres, donde colocan visibles carteles con sus marcas y anagramas, como símbolo de su pujanza económica y capacidad de influencia social.

Desde las últimas plantas de esos edificios de oficinas o sobrevolando el planeta en aviones privados, de paraíso fiscal en paraíso fiscal, se toman importantes decisiones que nos afectan a todos, sin excepción, y que nada tienen que ver con los valores democráticos que defendemos los seres humanos civilizados, que no dejamos de ser insignificantes hormiguitas vistas desde lo alto, a las que cualquiera puede pisotear.

Iniciativas privadas aparte, resulta paradógico que los proyectos colectivos de mayor volumen correspondan a actividades relacionadas con el ocio y, más concretamente, con el deporte. En esta etapa histórica, son los estadios y pabellones polivalentes los espacios con mayor aforo y están exclusivamente destinados a la celebración de espectáculos, que acaban siendo gestionados también por la iniciativa privada.

El destino festivo acaba condicionando a otros ámbitos menos masivos, pero con mayor contenido, como los centros de congresos, recintos feriales y auditorios, que acaban por sucumbir a la estética efectista, a priorizar las formas sobre el fondo y a buscar la cantidad sobre la calidad.

El resultado es que, frente a otras épocas o culturas, en las que los mayores escenarios estaban directamente relacionados con las creencias y los valores, tanto religiosos como sociales, en buena parte de los países calificados como desarrollados, estos lugares están reservados para lo intrascendente, lo divertido o lo supuestamente emocionante.

Las viejas controversias religiosas, filosóficas, políticas o literarias se han convertido también en espectáculos intrascendentes y, por eso, pueden ser sustituidas sin complejos por otras más entretenidas, como las que ofrece la telebasura en cuestiones sentimentales de personajes vacíos o las tradicionales disputas dialécticas entre aficionados a equipos de fútbol rivales.

Como cantaría tan acertadamente Freddie Mercury dentro de esa formación genial que fue Queen: ¡The show must go on!

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