domingo, 16 de marzo de 2014

Mayabiñac: Mediocridad

La mediocridad es una cualidad con la que no se nace, no se transmite genéticamente. El mediocre se hace y para que prospere necesita de una sociedad que lo sustente, lo elogie y lo impulse a las más altas cotas de responsabilidad, convencido de que es una persona brillante y capaz.

Cualquiera no vale para ser mediocre. Hace falta que renuncie a todo aquello que le hacía feliz en la infancia, cuando vivimos en primera persona nuestra evolución. Tiene que desistir también de practicar aquellas habilidades que mostraba, pero que no obtenían el reconocimiento necesario, como cualquiera de las bellas artes o la filosofía. Pero, sobre todo, debe olvidar su auténtica vocación y ocultarla en lo más profundo del inconsciente, hasta conseguir que nunca hubiera existido.

Esta ardua tarea no sería posible sin un fuerte respaldo colectivo, y no me refiero al beneplácito de la familia o del círculo de amigos, sino a un apoyo más amplio, en el espacio y en el tiempo. Se necesita criarse y educarse en un país que haya adoptado la mediocridad como seña de identidad, que durante generaciones haya apostado por tener controlado el talento y la inteligencia y hacer caso omiso a las advertencias de quienes, contra viento y marea, han decidido seguir su propio impulso y apostar por las artes, las letras, la ciencia o la investigación, aunque con ello nunca obtengan ni la distinción (excepto en anecdóticos premios) ni las retribuciones que se otorga a los auténticos mediocres.

El peso de la historia resulta imprescindible para conseguir el mejor estatus para los mediocres. Durante siglos, década a década, personas influyentes han tenido la oportunidad de elegir a personas competentes para el desarrollo de determinadas funciones, pero han optado por escoger a quienes mejor podían manipular y a quienes creían que no les iban a hacer sombra.

Muchas naciones han establecido fórmulas, más o menos imperfectas, para tratar de garantizar que quienes ocupen determinados puestos de relevancia social sean los que demuestren ser los más aptos para desarrollar ese trabajo.

Podría pensarse que, en las modernas sociedades democráticas, esta situación está completamente consolidada, pero no es así. Puede que el sector público respete estos principios de equidad y de búsqueda de la excelencia, pero todo es relativo a medida que bajamos hacia el sur, y más aún dentro del ámbito de la empresa.

Además, los sectores públicos están en recesión, por lo que la arbitrariedad amenaza enquistarse en el futuro cercano y lejano. Porque en la iniciativa privada, salvo algunas honrosas excepciones y la práctica totalidad de los autónomos, los grandes proyectos surgen guiados por la codicia, por el afán de acumular capital y poder, unos objetivos muy alejados de los que tenemos la mayoría de los mortales, que intentamos dejar algo positivo que legar a nuestros descendientes, para que puedan disfrutar de un mundo mejor que el que nosotros encontramos, algo que cada vez se parece más a una de tantas utopías que hemos sido incapaces de realizar.

Si existe algún infierno, ese debe ser el de la más absoluta mediocridad, donde el diablo sería presidente de un consejo de administración de una multinacional, cuyas acciones serían almas compradas y vendidas en los mercados de ¿valores? a cambio de algo de calor residual y de la promesa de ser agraciados, en cualquier momento, en la lotería de un puesto relevante; sin precisar para ello de ningún otro mérito que el de haber conseguido convencer al mayor número de almas posibles, para que se vendan a los intereses de la multinacional, mientras creen que han invertido en el paraíso.

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