domingo, 9 de febrero de 2014

Tinreste: Fraternidad

De los tres principios que impulsaron la Revolución Francesa y que hoy deberían constituir los pilares de toda democracia, libertad, igualdad y fraternidad, este último parece el más olvidado. Incluso, los dos primeros, que tendrían que combinarse solidariamente, mantienen una tensa relación, con partidarios ideológicos de que uno predomine sobre el otro, abarcando todo tipo de posturas radicales, desde posiciones ultraliberales, en un extremo, hasta comunistas, en el otro.

En ambos casos, olvidan que el elemento que cohesiona ambos es la fraternidad, la consideración de que todo ser humano debe valorar a cualquier semejante, independientemente de su raza, ideología o religión, como si fuera hermano o hermana. Aunque existen personas a las que resulta imposible considerar como hermanos, porque lo que pretenden es la aniquilación de todo aquel que no piense como ellos o no crea en lo mismo que ellos.

La fraternidad engloba, además, los dos conceptos que la preceden en la enunciación de los revolucionarios franceses y los atempera. Porque un hermano siempre es considerado, al menos en teoría, como un igual y queremos, también en teoría, que disfrute de la misma libertad que nosotros. Si estos sentimientos fraternos se aplican, lo que no resulta fácil que suceda, la tolerancia y el respeto, fluyen por la sociedad como la sangre por nuestros cuerpos, nutriendo cada célula y ayudando a ejercitar una función colectiva encaminada al progreso común.

Porque cuando un cuerpo no crece armónicamente en su conjunto, el resultado es un ser deforme, con órganos excesivamente grandes y otros anémicos o atrofiados, incapaces de desarrollar la función para la que fueron creados. En el límite de la irracionalidad social, hay incluso quien propugna extraer esos órganos o mutilar esos miembros, en vez de fortalecerlos, y en esa situación estamos.

Existen numerosos 'doctores' sociales, que ofrecen diagnósticos dispares sobre la situación general por la que atravesamos, pero ¿en quién creer? ¿En quién confiar? ¿Y será adecuada la terapia que se está aplicando, o se están agravando los síntomas y, lo que es peor, la enfermedad? ¿No sería la solución una dosis masiva de fraternidad para acabar con nuestros males?

La fraternidad no es una receta nueva, sino muy antigua. El propio Jesucristo la prescribió implícitamente hace un par de milenios, cuando expresó la célebre frase "amarás a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo", que podría traducirse al lenguaje agnóstico-ecológico de hoy como "apreciarás, cuidarás y respetarás a la vida que existe en el planeta y considerarás como un hermano a todos los integrantes de tu especie".

Entonces, si concluimos que el mensaje que subyace en todas estas manifestaciones sigue siendo el mismo, año tras año, siglo tras siglo, y milenio tras milenio, ¿a qué estamos esperando para llevarlo a la práctica? A lo mejor, si aplicamos esta medicina milenaria comenzaríamos a mejorar, individual y colectivamente, y nuestra situación empezaba a cambiar. Todo ello, sin dejar de permanecer alerta y de desenmascarar a quienes quieren aprovechar para su propio beneficio nuestra positiva actitud.

1 comentario:

  1. Es curioso porque las sociedades típicas occidentales son individualistas, pero las comunales muchas veces son muy fraternas con sus miembros y todo lo contrario con las demás... Parece que lo de una fraternidad universal nos es demasiado grande para acometerlo.

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