lunes, 3 de febrero de 2014

Hafil: Injusticia

Si hay un reto que el ser humano tiene pendiente de superar, dentro del continuado proceso de evolución social, ese es el de ser justo. Solemos pensar que la justicia es un asunto de los tribunales o de los magistrados, pero esta percepción es falsa. Sólo son el último recurso al que acudir, cuando necesitamos de apoyo para reponernos, en lo posible, del daño sufrido.

La justicia es un concepto que forma parte de nuestros principios, pero no la llevamos a la práctica en nuestra vida diaria. No tratamos de ser ecuánimes en nuestras decisiones, sino que intentamos con ellas de obtener una pírrica o abismal ventaja en la cotidiana lucha por la supervivencia.

Este comportamiento parece indicar que estamos a la defensiva, que en lugar de sentirnos protegidos por una estructura democrática e igualitaria de poder, nos sentimos amenazados por ésta, o por quienes han sido elegidos para gestionarla.

Quizá esta sensación de profunda desconfianza proceda de la pérdida de credibilidad en los administradores de bienes públicos y privados, que deberían predicar con el ejemplo y no se atisban indicios de que vayan a hacerlo. Tampoco ayuda que los voluntarios defensores del correcto proceder espiritual, se encuentren bajo diferentes tipos de sospechas, por los abusos cometidos por algunos de sus representantes.

Pero, ¿eso justifica que abandonemos en nuestro ámbito cercano la práctica de la justicia? Porque cada uno es responsable de sus actos y que los demás procedan de una manera no nos obliga a imitarles. Aunque la presión del grupo puede alcanzar niveles destructivos.

Ser justo puede resultar sencillo y complicado a la vez. En la mayoría de las ocasiones, basta con hacer bien nuestro trabajo y ser amables con las personas que nos piden información o algún tipo de ayuda, incluso cuando no podemos proporcionárselas.

Porque una de las mayores injusticias consiste en no hacer bien, a propósito o por dejadez, el trabajo que nos han encargado. Porque malos días los tenemos todos y, en cualquier momento, podemos equivocarnos. Pero la desidia es algo más que una injusticia, es, sobre todo, un fraude. Un fraude generador de continuas y mayores injusticias.

Y da la impresión de que la injusticia se ha instalado en nuestro entorno más inmediato y que resulta implacable e inapelable. Con cientos, miles, millones de víctimas sentenciadas a pequeñas y grandes condenas, que llegan a convertirse en una cadena perpetua. Esos veredictos son promulgados y ejecutados desde todas las instancias, por quienes se erigen a la vez en juez y parte. Y eso no es lo peor, sino la impunidad y reconocimiento social de que gozan estos 'dictadores', que no se corresponde con la incompetencia que demuestran en su comportamiento, al que siempre revisten de eficacia y profesionalidad.

Estas conductas generan una espiral desmoralizadora, que giro a giro va dinamitando el progreso colectivo y nuestra capacidad para avanzar, como una especie que aspira a hacer honor a un apellido, 'sapiens', con el que nos hemos autodenominado y que todavía nos viene grande.

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