domingo, 19 de enero de 2014

Guanaxit: Sexualidad (Origen de la vida)

La sexualidad forma parte de nuestra existencia. La naturaleza, en su evolución, nos proporcionó órganos sexuales distintos a machos y hembras, desde que las formas de vida comenzaron a volverse avanzadas y complejas. Incluso las plantas, en muchas especies, disponen de esa diferenciación, en busca de una mayor variedad genética y, de esta forma, mayores posibilidades para perpetuarse.

La lucha por la supervivencia forjó una serie de reglas, que rigen el comportamiento de los organismos que tuvieron éxito y que hoy continúan habitando un planeta que denominamos Tierra, pero que, el 75 por ciento de cuya superficie es agua, como también el agua constituye el mayor porcentaje de la estructura de las formas de vida que comparten este limitado espacio con nosotros.

La norma esencial, trasmitida a través del ADN, es que la actividad sexual forma parte de la reproducción, aunque no siempre consiga su propósito. Muestra de ello es el amplio catálogo de especies extinguidas a lo largo de los últimos mil millones de años.

Pero el ser humano aspira a cambiar la implacable ley natural, aunque interpreto que en esta ocasión no se trata de un capricho, sino de una necesidad y de la excepción que confirme la regla.

Porque, posiblemente, el control de la natalidad sea, en estos momentos, la clave para la perpetuación de la especie. Porque con siete u ocho mil millones de individuos sobre el planeta, nos asemejamos más una plaga depredadora, que la especie que se autoproclama como homo sapiens.

Desde esta perspectiva, si existe una sobrepoblación humana, ¿qué nos impide aprovechar lo mejor que nos proporciona la naturaleza para nuestro disfrute? ¿A quiénes perjudicamos si decidimos que queremos sentir el magnífico combinado de hormonas que nos ha proporcionado la evolución sin sus consecuencias? ¿No seremos menos animales por ello? ¿No estaremos dando un paso adelante en la evolución?

Algunos dirigentes y mandos intermedios de las empresas sostienen que es mejor que los empleados trabajen cabreados, que alegres. Sin embargo, mi experiencia ha sido completamente contraria a esta tesis. En los equipos de los que he formado parte, en los que había alegría, conseguíamos los mejores resultados y, aunque les dedicábamos más horas de lo estipulado, acabábamos más satisfechos que agotados, además de ilusionados y preparados para afrontar un nuevo reto.

Quizá los grandes líderes mundiales y, por extensión, los locales, consideran que es mejor tener a la población insatisfecha que alegre. Pero una población optimista, que aprecia oportunidades de futuro y que se siente valorada por sus conocimientos y experiencia, puede ser más creativa y dinámica, más desarrollada y civilizada.

En las sociedades occidentales, las culturas en las que se reprime la sexualidad o se condiciona a pactos previos, se consideran atrasadas, pero no estamos tan lejos de ellas. A pie de calle, todavía existen muchos prejuicios y tabús sexuales, sobre todo respecto a la libertad de elección de las mujeres.

Y ¿a quién perjudica la libertad de elección de las mujeres? ¿A los hombres o a otras mujeres? La respuesta más pausible es que esa libertad de elección de las mujeres, en su conjunto, perjudique a las personas que menos disfrutan de las relaciones sexuales: los hombres célibes (junto a su legión de seguidores) y las mujeres a las que la naturaleza no le proporciona de la misma dosis de placer que a otras y, por ello, les corroe la envidia.

Llego a esta conclusión porque soy un varón hetero y no me molesta que las mujeres disfruten más del sexo que yo. Es más, lo aplaudo e insto a ello. Porque no hay nada más hermoso que compartir el placer (sexual, artístico o gastronómico) y saber que otras parejas o grupos están compartiendo lo mismo que nosotros.

¿O es que si estamos de celebración en un restaurante o asando chuletas en el monte, envidiamos que otro grupo cercano disfrute con lo mismo que nosotros? Mi experiencia es precisamente la opuesta y cuando alguno le faltaba vino o postre, se ofrecía lo que uno tenía y se compartía.

Si la alegría es contagiosa, el placer compartido genera complicidad. Y ya es hora de que alegres y cómplices del placer (también conocidos como cachondos) dejemos de guardar silencio y ocupemos el lugar que nos corresponde, a la vanguardia de la evolución humana, promotores de una nueva forma de entender la vida y las relaciones sociales, pero, sobre todo, defensores de la libertad. Una libertad que siempre, por propia definición, es responsable. Porque toda elección implica una responsabilidad y si no disponemos de esa capacidad, nos convertimos en irresponsables. Y así, no avanzamos: Retrocedemos (a la infancia o a la prehistoria).

Y otra interrogante en torno al sexo, que raya en lo incomprensible, es cómo siendo gratis, a la vez, es un gran negocio. Una paradoja esencial del ser humano, en su actual proceso de desarrollo, o de extinción.

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