sábado, 12 de octubre de 2013

Gueragualen: Mentiras (palabras muertas)

Todos sabemos que la sociedad actual está basada en la doble moral. Queremos saber la verdad de otros, pero no queremos que sepan la nuestra. Incluso nosotros mismos no queremos saber la verdad sobre nosotros mismos, y preferimos creernos nuestras propias mentiras, antes que asumir la verdad y actuar en consecuencia.

El resultado es que la ficción y la realidad se mezclan en la vida cotidiana y no sólo en la literatura, en los libros que leemos (e incluso en los que no leemos), en las películas que se producen, sobre la pantalla de la televisión, en las voces de la radio, en las letras impresas de los periódicos, en los anuncios publicitarios, en internet y en todos los soportes materiales o virtuales posibles.

Desde pequeños, para dormirnos y tener dulces sueños, nuestras madres, padres, abuelas o abuelos nos contaron historias y relatos, que son metáforas más o menos bellas o acertadas, no para tratar de entender la realidad, sino para sobrevivir dentro de los diferentes entornos, culturas y civilizaciones que hemos creado a lo largo del tiempo los seres humanos.

Cada época y generación promueve de una manera diferente la fantasía entre la infancia, para que, una vez llegados a la edad adulta, cumplamos el objetivo social para el que se nos instruye. Pero el resultado no siempre coincide con el programado, y se producen alteraciones, que provocan correcciones en el sistema de organización social, para seguir siendo lo que somos, una especie de comunidad de hormigas trabajadoras, al servicio de una élite que permanece oculta ante nuestros nublados u obnubilados ojos, y que decide, a grandes rasgos, cómo debe ser la vida de la mayoría de los mortales sobre quienes ejerce su dominio, su poder.

A este respecto, me viene a la memoria uno de los mayores éxitos del cantautor brasileño Roberto Carlos, titulado 'El gato que está triste y azul'. Esa canción, en su versión española, comenzaba de una manera que actualmente algún colectivo podría considerar socialmente reprobable, pero su mensaje resulta revelador: "Cuando era un chiquillo, que alegría, jugando a la guerra, noche y día, saltando una verja, verte a ti, y así, en tus ojos, algo nuevo descubrir..."

Hoy, al contrario que hace pocas décadas, cuando los niños ocupábamos todo el espacio disponible con nuestros juegos, la mayoría de los hijos de las pacíficas familias occidentales se instruyen en el arte de la guerra en el ordenador o en la pantalla de la televisión, aunque el instinto batallador acaba por llevarlos a gimnasios, a practicar deportes de contacto, o a escenarios acotados donde poder librar combates futuristas con ráfagas de luces o, a otros más convencionales, donde lanzan balas de pintura.

Pero este comportamiento natural se disfraza como un inocente divertimento, porque la sociedad ha convertido la violencia en uno de sus tabús. Tenemos que ser un manso y disciplinado rebaño y, si nos salimos de las estrechas pautas entre las que podemos desenvolvernos, entonces una desproporcionada violencia institucionalizada, tanto física como psicológica (derivada de la conciencia grupal), se cebará con díscolos y discrepantes.

La realidad es que los seres humanos, y no hay más que mirar nuestra historia oficial para corroborarlo, pertenecemos a una especie más violenta que sapiens, la cual, para controlar nuestros impulsos y reconducirlos hacia metas menos autodestructivas, recurre a sustancias anestésicas o inhibidoras, cuando no a simples placebos que atemperan y canalizan hacia el aburrimiento a gran parte de esa energía.

Pero con tratamientos paliativos no actuamos sobre la raíz del problema, sino que aliviamos sus síntomas, lo ocultamos y la enterramos lo más profundamente que podemos, hasta llegar a olvidarlo y producir un nuevo y feliz engaño, la ilusión de que el problema no existe. Y dentro de esta fábula habitada, se exalta cada acontecimiento que aparenta ratificar el cambio de nuestra condición humana hacia una existencia inteligente, mientras se ocultan o se obvian las abrumadoras pruebas de que sucede todo lo contrario.

Éste parece ser el camino real que transitamos desde hace algún tiempo, de manera firme y uniforme, dentro de nuestro mal denominado 'mundo civilizado', sin que, salvo inquietantes y desprestigiadas excepciones, hayamos llegado a plantearnos colectivamente si es el correcto, pero, sobre todo, ¿hacia dónde nos lleva?

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